sexta-feira, 28 de dezembro de 2012

cualquier domingo

Una vez dejado atrás el barrio marinero me había adentrado por las callejuelas que ascendían, monte arriba, hasta la capilla y el faro. En todo el camino no me había encontrando con un alma, apenas un rumor lejano de una radio o de un televisor saliendo de alguna de las desvencijadas galerías de madera delataba que el lugar no estaba totalmente deshabitado. De pronto, al cruzar el arco de una especie de pasadizo con escaleras, sufrí una alucinación seguida de otra. Vi pasar corriendo a un enano vestido de rojo con una taladradora eléctrica bajo el brazo y justo cuando el hombrecillo hubo desaparecido escaleras arriba, apareció en dirección contraria un perrito pequinés con las patas traseras sujetas a una especie de monopatín de dos ruedas persiguiendo una pelota por donde yo subía.

Había visto cosas así en sueños y en la realidad me venía a la memoria el comienzo del viaje de Alicia por las latitudes de Wonderland. Saqué la cámara con la intención de fotografiar al pequinés rodante, pero, al igual que el enano vestido de rojo, se había esfumado por cualquiera de las múltiples bifurcaciones de aquel laberinto.

Sin recobrarme de mi asombro y con la cámara en la mano, preparada para disparar ante otras eventuales alucinaciones, seguí ascendiendo por las escaleras. En un pequeño rellano, sentado a la sombra de un tendejón de hojalata, me encontré al primer ser humano con el que podía cruzar unas palabras. Por su estatura tal vez tuviese algún parentesco con el hombrecillo de la taladradora. Una inmensa boina, similar a un txapela vasca, le cubría la cabeza y mantenía oculta buena parte de su rostro menudo. Iba vestido con un mono de mahón lleno de manchas de pintura de las más diversas tonalidades y fumaba la colilla de un purito de esos que llamaban antiguamente “señoritas” en una larga boquilla plateada. Tuve la tentación de preguntarle por el enano y el perro patinador, pero me contuve al ver la adusta expresión con la que me observaba emboscado en las anchas alas de la boina

 - Buenos días -le dije- . ¡Se está bien a la sombra, verdad!

Se tomó su tiempo para responder. Dio un par de chupadas a la boquilla.

- ¡Mejor se está al sol! -contestó, enigmáticamente.

- La verdad es que en un lugar tan bonito se debe de estar siempre bien, al sol o a la sombra, ¿no? -repliqué, con diplomacia.

Volvió a tomarse su tiempo.

- No crea usted...

Sonreí, asintiendo. Supuse que no sería correcto desengañarle de que tenía delante a un auténtico bobo.

- Y, oiga, esta parte del pueblo, este barrio ¿cómo se llama?
 
Saboreó la boquilla con el mismo placer que su cada vez más asentada superioridad sobre aquel forastero tontaina.

- No se llama de ninguna manera. No tiene nombre.

De pronto, algo debió removerse en su conciencia, al percibir mi decepción por la respuesta.

- Bueno, los de abajo, los de la villa le llama a esto Cimalavilla. Nosotros no lo llamamos de ninguna manera.

- Ya...

Estaba a punto de despedirme de mi ameno informador cuando reapareció frente a nosotros el perrito pequinés con las patas de atrás sujetas a ambas ruedas de patinete

- ¡Flecha! -le gritó el de la txapela- ¡Venga pa casa! ¡Me cago en tu madre!

El perro movió el rabo tímidamente y obedeció la orden, metiéndose en la casa de enfrente, con un ágil trompo de las patas rodantes.

- ¿Es suyo?
 
No sé por qué le pregunté, figurándome la respuesta.

- ¿A usted qué le parece?

El pequinés, travieso, asomó la cabeza a la puerta por donde unos segundos antes habia entrado velozmente. Observó con una mirada rápida e inteligente a su amo, distraído con aquel extraño y emprendió nueva fuga escaleras abajo. No aplaudí para no darle al fatuo de la txapela el gusto de confirmar que definitivamente se hallaba ante un retrasado. Me limité a soltar una carcajada, a modo de despedida, deseándole feliz carrera a Flecha y nuevos e infatigables desplantes a su inmerecido dueño.

Seguí mi camino. El faro y la capilla ya no debían estar muy lejos. La callejuela por la que subía, dejaba a un lado y a otro, veredas similares en las que un racimo de viviendas, encaramadas unas sobre las otras, iban formando ese mosaico de fachadas de cal blanca y vigas calafateadas con la misma pintura empleada para las lanchas pesqueras, que se veía desde abajo, desde el puerto y la villa. El sol, raramente juguetón y cálido de aquella mañana del último mes del año, enredaba entre las paredes de la callejuela con las sombras de lo aleros de las casas, tejiendo caprichosos contraluces. Abajo, sobre las lastras iluminadas de los muelles y de la plazuela tomada por las terrazas de los bares del puerto, grupos diseminados de visitantes domingueros iban proyectando sus sombras pequeñas, desde allí, casi, parecían las sombras de un grupo de hormigas revueltas.

Subí los últimos peldaños de la callejuela y tuve por fin a la vista la aguja del campanario de la capilla. Tras ella se erguía la torre del faro. Antes, sobre la villa y el puerto, se extendía un recinto de cruces blancas y media docena de panteones con ínfulas de mausoleos, sobresaliendo entre las rimeras de nichos todos iguales, como los bloques de edificios que, abajo, en la villa, habían afeado en las últimas décadas el lugar. En una de aquellas rimeras de nichos, sobre unos tablones alzados en un andamio, distinguí una figura vagamente familiar. Mientras me acercaba a los muros del cementerio pude reconocer al enano que había visto corriendo con una traladradora bajo el brazo. Visto de cerca no era tan enano, apenas un tipo bajito. Iba vestido con un chándal rojo con el escudo de la Selección Española y por lo que deduje, viéndole allí, un domingo, preparando, con herramientas de albañil, un nicho destinado, seguramente a algún próximo morador de la eternidad, debía de ser el enterrador del pueblo. Lo vi empleando la taladradora para acabar de perfilar la entrada del nicho con la misma diligencia con la que habría rematado la puerta de entrada a una casa nueva para una pareja de recién casados.

Llegué a la capilla. Entre la ermita y el faro había una gran campana de bronce. Se hacía sonar los días de niebla, se explicaba en varios idiomas en un panel informativo que la ilustraba, para guiar a los barcos pesqueros a enfilar por la bocana del puerto. A su lado una placa recordaba los nombres de marineros muertos en naufragios y la fecha de cada uno de ellos.

Era un mediodía inusitadamente soleado de diciembre. Desde aquella atalaya se veía la extensión del mar y los perfiles de la tierra, con sus intrincadas formas, como en los mapas. Mirando a tierra, el puerto y la villa, también parecían representar esa armónica geometría de los planos trazados a mano y vista. En la zona del plano que recogía el laberinto de callejuelas y viviendas superpuestas de la Cimalavilla por la que había subido uno hasta aquí se vislumbra el humo de algunas chimeneas, el brillo de algún espejo o cosa metálica y la sombra deshilachada de los requiebros y pasadizos por los que seguramente andaría Flecha rodando impulsado por la energía de sus patas delanteras y su instinto de supervivencia.

Lié un pitillo para fumarlo con gusto y calma desde aquella atalaya antes de descender de nuevo a la villa. El sol aún templaba el rostro y las manos, aunque se notaba que ya la tarde comenzaba a enfrescar. Aspiré la primera calada del cigarrillo, expulsando el humo lentamente. Cerré los ojos disfrutando de aquellas últimas caricias del sol. Pensé en dos o tres asuntos graves que me preocupaban y los volví a enviar a la carpeta de asuntos pendientes. Acabé el pitillo. Miré abajo. Allí en el aparcamiento, al lado del puerto nuevo, estaba mi coche. Emprendí el camino de regreso, sin ningún remordimiento a la espalda. Sonreí. En todos estos últimos años había habido, sin duda, domingos peores.

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