quarta-feira, 12 de dezembro de 2012

pecado mortal

       Después de su famoso desliz lo habían destinado a una parroquia apartada del occidente asturiano, de la que dependían otras seis feligresías rurales. El primer día que hizo la ruta completa, el templo que más le sorprendió fue el de Santa Rita, una diminuta capilla en cuyo interior apenas cabían un par de bancos y tres reclinatorios individuales con asiento de esparto, distribuídos, en un estrecho hueco que había a la derecha del altar. 

Le hizo gracia también el confesionario, situado justo en el hueco restante del otro lado, apenas un par de tablas separadas por medio de otra en vertical en la que se hallaba labrada una rejilla de no más de diez centímetros entre cada ángulo del perfecto cuadrado, para verbalizar el acto de la confesión. Probó a sentarse en el banco reservado al sacerdote y no fue capaz de encajar en él, ni siquiera intentando ponerse de lado, con medio cuerpo fuera. Esperaba que a ningún feligrés se le pasase por la cabeza la idea de confesarse, en cuyo caso, había resuelto situarse él en el banco exterior -más ancho- y al penitente en el banquillo del altar, que además de estrecho se encontraba unos veinte centímetros por encima del nivel del otro.

Para complicar más el asunto, los cajones donde se guardaban la casulla y el resto de ornamentos, estaban pegados al banquillo interior del confesionario, de modo que hubo de arrastrar, con gran dificultad, el armatoste, hasta donde se lo permitía el límite con los bancos destinados a los feligreses, para abrir los cajones y una vez extraídos los ornamentos litúrgicos, volver de nuevo a colocarlo todo en su sitio.

Mientras se vestía aparecieron en el umbral de la portecilla de entrada a la ermita un par de mujerucas de mirada sombría y enlutadas desde las zapatillas de las madreñas hasta el pañuelo.

Con un gesto, que pretendía ser amable las invitó a pasar. Se presentó con su nombre de pila como el nuevo coadjutor de la parroquia, sin más formalidades, y les anunció que en un cuarto de hora comenzaría la misa, aunque tampoco iba a tener inconveniente -añadió, con un guiño cómplice- en esperar unos minutos más por si algún otro feligrés se retrasaba en llegar.

Una de las ancianas alzó su mano derecha, como seguramente la habían enseñado hacía muchos años en la escuela.

         - Don Mario -murmuró, con un hilillo de voz-. A misa sólo venimos    nosotras. Puede usted empezar cuando quiera y Dios disponga. 
          
           Al cura se le quedó congelado el guiño cómplice. Intentó sonreir.
          
           - Bueno, en ese caso, podemos empezar cuando ustedes quieran, a no   ser que alguna de ustedes se quiera confesar antes.


            Había dicho esto último, de manera inconsciente, mientras no se le quitaba de la vista el rústico apaño con el que algún aldeano mañoso del lugar había dotado a la capilla de su correspondiente mobiliario sacramental.
La anciana que no había abierto la boca, fue la que alzó en esta ocasión su mano derecha.
         - Si no fuese mucha molestia -dijo, con un vozarrón, más propio de un musculoso tenor que de aquel cuerpecillo enjuto y encorvado-. ¿Podría usted confesarme?
    - ¡Por supuesto! -repuso el sacerdote, con un entusiasmo nada convincente 

    -. Ahora mismo. Faltaría más. -Le indicó, bajando la vista el lugar del confesionario- Acérquese usted, señora.

    Ella se arrodilló, persignándose ante el artilugio y primero que él lo pudiese evitar se acomodó en el banco exterior, murmurando entre dientes una imcomprensible letanía.

    El sacerdote, con su mejor sonrisa, la ayudó a levantarse y le indicó el otro banco.

    - Por favor, siéntese usted ahí. Será más cómodo para los dos.

    La señora lo miró estupefacta, luego dirigió la vista a su amiga, en cuya cara también se dibujaba el horror. Volvió a persignarse y ayudada por el sacerdote se encaramó al banquillo.
    Las patitas le quedaban colgando, sin llegar a rozar el suelo. Aún así acercó sus labios a la rejilla de la tabla, con toda su devoción:

    - ¡Ave María Purísima!

    - Sin pecado concebida -respondió el cura. También su corpachón, más bien orondo, sobresalía notablemente del banco exterior y hasta su propio cuello, su rostro, las gruesas gafas a través de las que vio con espanto aquellas patitas colgando en el banquillo de la penitente.
    Interrumpió la confesión. Se levantó, un tanto abrumado y le dijo a la pobre señora.

    - Mire, vamos a hacer una cosa. Teniendo en cuenta las limitaciones de este templo para la correcta administración del sacramento de la confesión, lo mejor es que nos sentemos ambos en uno de los bancos centrales y será la única manera de poder hacer bien las cosas. 

    La anciana le dirigió una nueva mirada de estupor, pero se dejó llevar hasta el primer banco frente al altar. El sacerdote aguardó a que ella repitiese el Ave María Purísima, con la mirada perdida en la imagen de Santa Rita que presidía la capilla.

    - Disculpe, Don Mario -musitó la señora, con su potente vozarrón degradado a una sorda gárgara-. ¡Es que me da apuro! ¿No podía usted quedarse ahí y yo me confieso en el banco de atrás...y usted no vuelve la cabeza mientra me confieso. 

    El cura no pudo disimular un resoplido de impaciencia.

    - Muy bien -replicó-, sea así si usted está más cómoda...Aunque ya sabe que para Dios no hay secretos y el sacramento de la confesión es tan válido a través de un confesionario, que cara a cara...Pero en fin...Vamos a hacerlo así. 

    La anciana se desplazó hacia el banco de atrás con una agilidad que no dejó de sorprender al confesor y sin más dilaciones, volvió a decir:

    - ¡Ave María Purísima! 

    - Sin pecado concebida.

    El cura iba a comenzar con las preguntas preliminarles, cuando le sorprendió el vozarrón de la penitente golpeándole la nuca como un vendaval.

    - ¡Don Mario, antes de que me pregunte cosa alguna, tengo que confesar un pecado gravísimo, un pecado mortal.

    Desde algún rincón de la ermita, entre la puerta y el banco donde se hallaba confesando su amiga, escuchó el hilillo de voz de la otra anciana

    - ¡Ay, Señor Mío, Jesucristo!

    Por un momento sintió la tentación de amonestar a la testigo, invitándola a esperar fuera hasta que concluyese la administración del sacramento, pero recordó sus palabras acerca de que para Dios no había secretos y además pensó el las bajas temperaturas que reinaban a esas horas en el exterior del templo, y se contuvo. Obvió la interferencia y la escucha de su otra única feligresa y respondió a la que se confesaba

    - Bueno, permítame que le diga... yo no creo que haya podido cometer usted un pecado tan grave y mucho menos mortal..Más bien tengo la impresión de que es usted una buena cristiana, una mujer piadosa, incapaz de cometer ningún acto que pudiera ofender a Dios, Nuestro Señor..

    El vozarrón de la anciana le golpeó en la nuca, ahora con más fuerza. Con él le llegó también un inconfundible vaho con olor a cocido de berzas con chorizo, morcilla y tocino, como hacía tiempo no le era dado percibir en el aliento de ningún cristiano.

    - ¡Lo mío no tiene perdón de Dios, don Mario! ¡Es gravísimo! ¡Pecado Mortal! ¡Ay, Señor!

    Mientras la escuchaba, se divertía figurándose al hombretón capaz de llegar al tono de voz de aquella viejecita de aspecto frágil y consumido, incluso le vinieron a la memoria, como un regocijo algo blasfemo, ciertas escenas de la película “El Exorcista”, que a él, particularmente siempre le habían provocado una tremenda hilaridad.

    - ¡Lo suelto, porque me quema en la lengua! -prosiguió el vozarrón- ¡Ay, Señor Mío! ¡Dios me perdone, pero a veces sueño que mi marido me palpa en la cama como si fuera una novilla de buen año! ¡Ay, Virgen del alma! ¡Y yo sé que eso es un pecado gravísimo, mortal.

    El sacerdote volvió a la realidad de golpe, alucinado por la confesión que acababa de escuchar. Titubeó, sin saber qué replicar. Optó por quitarle importancia.

    - Mire usted. El matrimonio es uno de los sacramentos más sagrados. Cuando un hombre y una mujer se unen ante Dios y hasta que la muerte los separe, entre ellos sólo cabe el amor y el respeto mútuo...Si su marido le hiciese eso que usted me confiesa, de forma tan sincera... ante los ojos del Señor, el único pecador sería él y no la esposa que padece tal humillación...Pero, por lo que me ha parecido entender, nos es que su marido, abuse de sus naturales deberes conyugales, sinó que es usted la que lo sueña...En cuyo, caso, me veo en la obligación de tranquilizarla y consolarla...No tenga usted remordimientos por lo que no sucede en la realidad...Ante Dios los sueños no son pecado...Acaso puedan ser un eco de nuestro subconsciente, en cuyo rincón más profundo tal vez anide el brote de una conducta pecaminosa...Pero hasta la fecha, señora, para Dios, sólo se peca cuando se actúa, los sueños pertenecen a otra dimensión, a otra jurisdición...vamos a decir...¿Acaso ha intentando alguna vez en la realidad su marido hacerle eso que usted que ha confesado, lo intenta alguna vez? 

    El vozarrón tosió. Carraspeó profundamente y luego el vaho a cocido de berzas y embutido de cerdo emergió de nuevo con todo su poder evocador.
    - ¡Ay, Señor! ¡Mi marido, el pobre, en treinta años que estuvimos casados nunca jamás me faltó al respeto! Bien lo sabe Dios... Estas cosas las sueño ahora, veinte años después de que él me dejase viuda y descanse en el cielo. Por eso pienso yo que esto no puede ser normal, que tiene que ser un pecado gravísimo y mortal... 

    El cura se quedó sin palabras. Miró a la imagen de Santa Rita deseando que ella le iluminara. Luego escuchó un rumor sordo, algo así como el crepitar de una rama seca en una hoguera. La iluminación eléctrica de la ermita tembló, como se dice en el Apocalipis que un día sucederá con el sol. De pronto toda la capilla se quedó a oscuras y un desagradable olor a cables chamuscados invadió el lugar. Don Mario buscó en los bolsillos del pantalón, bajo el manteo, su mechero y antes de que lo pudiese encender en busca de algún cirio con el que alumbrar tanta oscuridad le estremeció el hilillo de voz de su otra única feligresa.

    - ¡María, claro que lo tuyo es pecado mortal! ¡Fundiste los plomos! ¿Quieres más prueba del castigo de Dios?

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