quarta-feira, 12 de dezembro de 2012

vocación insolente

Eran unos críos. Él llevaba un gorro de lana negro encasquetado en la cabeza y una muñequera de esas que usaban en los setenta los horteras admiradores de Bruce Lee. Ella escondía su melena rubia y rizosa debajo de una gorra de béisbol y unas enormes gafas de sol imitación de Ray Ban. Hablaban entre ellos de artes marciales y de sus planes para opositar a la Policía en lugar de ir la Universidad.

Yo andaba por allí, esperando que los perros se cansasen de corretear por la playa y volviesen. Había comenzado a liar un cigarrillo. A mi espalda les oí exclamar a coro:

- ¡Ostia, es un coco!

Me volví. Observaban agachados lo que parecía, en efecto, un auténtico coco. El crío lo cogió sin vacilar. Lo colocó encima de una roca. Se remangó el brazo hasta dejar bien visible la muñequera.

- ¿Qué vas a hacer? -dijo la chica-. ¡Estás loco!

Él tomó aire y lo expulsó dos o tres veces. Se concentró en su objetivo, doblando una rodilla y tensando el brazo, sin dejar de respirar de aquella manera un tanto exagerada. Luego de un golpe seco y certero rompió en dos el coco con el canto de la mano y con tala mala fortuna que uno de los trozos fue a estrellarse en la cara de la chica. Del impacto se le cayeron las gafas a la arena.

El karateka se quedó con el brazo en el aire y los ojos muy abiertos.

- ¡Imbécil! -gritó la chica, frotándose con gesto de dolor la mejilla donde la había golpeado el trozo de coco-. ¡Eres subnormal! ¡Vete a la mierda!

El chico intentó acercarse a ella y recibió un fuerte empujón en el pecho. Entonces ella recogió sus gafas, les limpió la arena, le dio la espalda y se fue alejando hacia la rampa del paseo marítimo. Desde el lugar en el que yo me encontraba la escuché gimotear, como una niña pequeña. Observé la reacción del chico al repentino abandono de su amiga. Se lanzó a correr tras ella con el ímpetu de un velocista olímpico. En su camino, entre él y la chica había un grupo de rocas llenas de algas y moho verde. El atleta impulsó todo su cuerpo hacia arriba para superarlas de un salto, pero un inesperado pedrusco, al otro lado del obstáculo, seguramente tan lleno de algas y moho como el resto del roquedal, lo hizo patinar y caer de bruces sobre la arena.

Ella se volvió al oir el ruido del batacazo. Entonces, el accidentado se levantó con gran agilidad y emprendió de nuevo su carrera hacia la chica. Cuando llegó a su lado, al pie de la rampa, ella, sin mediar palabra, lo atrapó por la manga del anorax y con una certera llave de Judo lo derribó sobre el duro hormigón. Durante unos segundos el chico sufrió una especie de conmoción. Desde mi punto de observación llegué a pensar que la caída había sido ciertamente grave. La chica se agachó ofreciéndole una mano para levantarse y él, emergió de su estado de seminconsciencia, algo aturdido aún. Se agarró al brazo de la chica y cuando ella ya había conseguido levantarle, resbalaron ambos por el hormigón cubierto de algas verdes y moho. Cayeron, enlazados, de una forma bastante cómica en la arena de la playa. Ahora se reían. Acabaron dándose un beso.

A mi también me dio la risa. Los perros acababan de llegar a mi lado, jadeantes, con la lengua fuera y me miraban esperando algún premio, una chuchería o una caricia. Vi a los chicos subir la rampa cogidos de la mano y riéndose a carcajadas. Probablemente nunca llegarían a aprobar las oposiciones para la Policía y si lo conseguían no les auguraba un gran futuro como agentes de la Ley. Su verdadera vocación -deseé con toda mi alma que algún día se diesen cuenta- era la de cómicos ambulantes.

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