sexta-feira, 7 de dezembro de 2012

la puerta de enfrente

Supongo que como a la mayoría de ustedes, también a mi me dan pavor los hospitales. Acudía al de mi ciudad para que me hiciesen unas radiografías, como el que dice “de trámite”, tras una operación sin importancia en un pie. Aún así me temblaba hasta el último hueso de los metatarsianos y las falanges desde que había pisado la alfombra de la entrada al recinto hospitalario. Me dirigí al puesto de Información al Paciente para que me indicaran exactamente dónde estaba la sección de Radiología en la que tenía cita unos pocos minutos después. Dos informadores a coro y con una amabilidad, en la que parecían querer competir entre ellos, no sé si por rivalidad profesional o por hacerse valer en los pacientes ante el anuncio de recortes de personal en la Sanidad Pública, me indicaron que debía tomar el ascensor hasta la segunda planta subterránea y que una vez allí no me sería difícil encontrar mi sección, ya que estaba convenientemente señalada.

Seguí las instrucciones de los amables celadores y al salir del ascensor en la planta indicada me encontré con un maremágnum de letreros que señalaban no menos de veinte destinos diferentes en la misma dirección, incluídos los locales de la secciones sindicales de los trabajadores del centro. Por fortuna, en el inhóspito y desierto pasillo de aquel rincón subterráneo del hospital, había una señora del Servicio de Limpieza sacándole brillo y esplendor al suelo con el mismo esmero que debía emplear en su propia casa. Tan amable como los dos informadores de la planta principal apuntó con el índice de sus guantes hasta el fondo del pasillo: “Ahí está Radiología, justo al lado de la morgue. No tiene pérdida”.


Lo cierto es que saber que mi destino se hallaba justo al lado de la morgue no contribuyó especialmente a tranquilizarme. De todos modos, pensé, recurriendo al humor negro, que es buen método para espantar fantasmas: si se me para el corazón del susto al hacerme la radiografía, no van a tener que andar paseando mi cuerpo por todo el hospital.


Llegué al fondo del pasillo con el volante de la cita en la mano y el corazón en un puño, nada conforme, el pobre, con mis privados chistes de humor negro. Frente a las múltiples puertas, cada una marcada con su correspondiente rótulo: “Cabina 1”, “Cabina 2”, etc. había un tipo encorbatado en mangas de camisa que se paseaba de un lado a otro, mirando de vez en cuando el reloj. Le di las buenas tardes y, confundido por los nervios, en lugar de comenzar preguntándole por la cabina que me correspondía, le acerqué el volante y simplemente le dije:


- Creo que están esperándome en...


Sin dejarme terminar la frase, rehusó con un gesto apresurado el papel que le ofrecía y acto seguido, con la misma premura, me estrechó la mano y abrió una de aquellas puertas, invitándome a entrar.


- Sí, hace un rato que le estamos esperando. Lo acompaño en el sentimiento -dijo, con una pesadumbre muy poco creíble, aunque a mi me resultó menos tranquilizadora-. Soy de Santa Lucía...el de la funeraria. Pase, pase.


No sé cómo me deje llevar, entre confundido y aterrorizado. Después de tanta amabilidad por parte de los informadores de Atención al Paciente y de la señora de la limpieza, no conseguía encajar aquella grosería de mal gusto, aunque se tratase de un trabajador interino, consciente de lo poco que iba a significar para su futuro laboral ser correcto o faltón con los pacientes. Intenté protestar y antes de que lo consiguiera me vi en medio de una sala vagamente iluminada en la que varias personas, con expresión adusta, rodeaban una camilla en la que había tendido un hombre semidesnudo, cubierto hasta medio pecho por una sábana. Sin recobrarme de mi estupefacción reconocí entre aquellos tipos de semblante sombrío a dos agentes de la Guardia Civil, uno de los cuales se acercó a estrecharme la mano con un seco movimiento de cabeza, a un señor de bata blanca y a otro tipo, muy entrajetado que también se acercó a darme la mano y me dijo lo mismo que el otro, el que estaba en mangas de camisa y me había introducido en aquella pesadilla.


- Lo acompaño en el sentimiento. Soy de Santa Lucía, de la funeraria...


Sin saber qué hacer ni qué decir, extendí mi volante ante todas aquellas personas, no sé, tal vez como una petición a la realidad de que todo aquello no siguiera sucediendo. Miré al hombre que permanecía semidesnudo en la camilla. Se me pusieron los pelos de punta. Estaba muerto. Era un cadáver.


El guardia civil que me había saludado, tosió, como los malos actores cuando están a punto de interpretar una frase importante.


- Si me permite -dijo, volviendo a ejecutar aquel movimiento mecánico de la cabeza-. ¿Reconoce usted este cuerpo? ¿Reconoce usted a este hombre?


Exhibí de nuevo mi volante médico a aquella gente como un autómata. Sentí deseos de gritar y luego de salir de allí corriendo. No era posible que estuviese sucediendo aquello en la realidad. Ahora mismo me cuesta explicarme por qué una voz automática, sin ninguna voluntad les contestó, siguiendo aquel macabro juego:


- ¡No he visto a este tipo en mi vida!


El guardia civil que me había preguntado y que llevaba los galones de sargento en la guerrera del uniforme, se volvió hacia mi con gesto desconcertado.


- ¿No reconoce usted a este hombre? ¿A su tío?


Le mostré mi volante médico. Cogió el papel con cuidado, colocándose unas gafas de medio cristal y leyéndolo con todo detenimiento. Entonces me miró atónito.


- De modo que usted...-comenzó a decir. Yo le corté con un gesto desganado.


- ¡Si es que yo sólo venía a hacerme unas radiografías!


Y el tipo de la bata blanca, como si fuese la cosa más normal, algo que sucediese todos los días, muy amablemente me indicó que seguramente me estarían esperando en la puerta de enfrente. En la cabina número 1, si es que ya no me había pasado la vez, en cuyo caso debía de pedir nueva cita a mi médico de cabecera.

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