terça-feira, 4 de junho de 2013

el hombre de hielo

Aparece por casa un magacine de hace algunos años, que debí guardar, porque en él hay un reportaje sobre Otzi, El Hombre de Hielo, cuyo cuerpo momificado emergió de un glacial de los Alpes en 1991, cinco milenios después de quedar sepultado en él por toneladas de hielo y nieve perpetuos.

En esas planas ilustradas se recreaba el destino de aquel hombre del Neolítico, basándose en los numerosos y rigurosos estudios de todo tipo a los que fue sometida la momia desde su descubrimiento casual por unos montañeros en una hondonada rocosa de los Alpes de Otzal (de ahí su nombre), en la frontera de Italia con Austria. El análisis de restos de polen hallados en algunas partes de su cuerpo y en lo que fueron sus ropas, sirvieron, por ejemplo, para situar la época del año en la que sucedió la muerte: primavera o comienzos de verano y que antes de llegar a aquella última quebrada había transitado por bosques situados a casi dos mil metros por debajo de esa cota, en el actual valle italiano de Venosta. En la maraña retorcida y magra de sus antiguas tripas se detectaron los alimentos que había consumido en los dos últimos días: carne de corzo y de íbice con cereales, molidos y cocidos sobre pedernales. Las tripas dieron más información: Otzi padecía cierta enfermedad localizada en el aparato digestivo. De sus dientes y otros restos óseos se sacó su edad: unos cuarenta y cinco años, edad provecta en los días neolíticos. En una mano aparecía una herida reciente y en proceso de cicatrización.

Los escasos enseres que lo acompañaron en su tumba de hielo: un hacha pulimentado y decorado con motivos geométricos, una flechas aún no perfiladas del todo y una vara de avellano probablemente destinada a servirles de lanzadera como arco. Un matojo de musgos fosilizados y entre ellos restos de cereales (tal vez sus postreras provisiones de alimento), completaba su equipaje hacia la muerte.

Entre las diversas pruebas que le hicieron científicos de toda índole y de todas las partes del mundo alguien descubrió en una radiografía lo que parecía un objeto contundente alojado en el homóplato. Se recreó el objeto digitalmente y en tres dimensiones y el resultado fue la punta de una flecha con la que debieron dispararle -desde atrás, según la ruta de entrada de la herida- y causarle la muerte, seguramente casi inmediata, al coincidir esa precisa zona de la anatomía con el paso de una de las principales arterias vitales.

Con todos esos datos los estudiosos fueron capaces de reconstruir no sólo el origen y el camino que había seguido aquel hombre viejo desde un lugar tan lejano como el valle de Ventosta hasta su muerte en el glacial de Otzal, sino las mismas circunstancias en que aquella se había producido. La conclusión les llevó al mismo punto de partida donde comienzan la mayoría de las novelas policiacas: se hallaban ante un evidente caso de asesinato. Otzi había sido disparado por la espalda con una flecha cuya trayectoria era mortal de necesidad y lanzada por un tirador experto. La alevosía del crimen se constataba en el fragmento del proyectil: el asesino había arrancado la flecha de la herida dejando en su interior la punta, con el seguro objeto de que la víctima muriera desangrada.

La herida de la mano -en proceso de cicatrización- informaba que Otzi ya había resultado herido, tal vez un par de días antes del ataque en el que lo mataron. De las flechas y el arco sin terminar se colegía que había intentado fabricar un arma con su munición apresuradamente y sin que le diera tiempo a concluirlas. Su larga marcha desde los valles del sur hasta las escarpadas crestas del glacial era una huída en toda regla, estaba siendo perseguido y buscaba, es posible, el cobijo de las cumbres, un lugar lo bastante inaccesible y remoto como para disuadir a sus enemigos de la persecución o dificultársela, intentando ganar tiempo y terreno.

A los sesudos y concienzudos investigadores de los restos del pobre Otzi, en su meritoria labor detectivesca les quedaba sólo un detalle que hilvanar, no sé si el principal: el móvil del crimen. ¿Por qué huía? ¿Cuál era el motivo de su persecución a muerte?

La resolución de este enigma, como de tantos otros esenciales en los misterios de la humanidad, será lo único que la ciencia hoy no sea capaz de averiguar. Parece claro que el origen de la persecución implacable al Hombre de Hielo habría que buscarlo en algún poblado de aquellas gentes neolíticas de los Alpes del Sur. Allí otros hombres, de su misma gens o de otra rival, le habían sentenciado a muerte -desconocemos por qué- y él había conseguido huir, burlar a los que le perseguían durante unas cuantas jornadas, vencerles mientras conseguía seguir lejos de ellos. Aquel hombre de edad avanzada, debía ser un tipo de una fortaleza física fuera de lo corriente para lograr adentrarse en su huída por un terreno adverso, hacia la alta montaña, en el que seguramente se habría visto sorprendido por más de una tormenta y un vendaval de nieve. En medio de uno de ellos se habría refugiado en la hondonada rocosa donde lo abatieron y en la que su cuerpo momificado por el hielo permaneció, protegido de los aludes, durante más de cinco milenios. El hacha pulimentado y decorado que apareció junto a él denotaba que no se trataba de un individuo corriente, puede que fuese un jefe derrocado o alguien de rango similar: un chamán o un capitán de guerreros y cazadores.

¿De quién huía? Esto no lo consiguen averiguar los científicos, por más pruebas, análisis y estudios que prodiguen sobre esos pellejos momificados con apariencia vagamente humana, que recuerdan a los espectros impresionantes de Giacometti. Lo podría resolver fácilmente, sin embargo, alguien menos esmerado, un hedónico lector de Las Mil y Una Noches, pongo por caso. Con todos los datos facilitados por los Sherlock Holmes de los laboratorios, recordaría por casual la historia del mercader al que la muerte le hizo un gesto en el zoco de Bagdag y él, sintiéndose amenazado, huyó hacia la lejana ciudad de Hispahan para poner tierra de por medio entre su destino y el de la señora de la guadaña. Allí en Hispahan se la volvió a encontrar. Allí le estaba aguardando para llevárselo consigo. Cuando el mercader intentó pedirle explicaciones por su gesto de amenaza en el zoco de Bagdag, la muerte, con esa serenidad que sólo ella es capaz de disfrutar le reconvino de su error de apreciación:

- No era un gesto de amenaza, sino de sorpresa, porque sabía que al día siguiente debía encontrarme contigo en Hispahan.

Otzi, el infortunado Hombre de Hielo, cuyos restos momificados se custodian en un cámara refrigerada del Museo de Arqueología del Tirol del Sur, en Bolzano, Italia, habría corrido la misma suerte que el mercader de Las Mil y Una Noches. Se sintió amenazado por un gesto de la muerte en aquel poblado del valle de Ventosta y huyó hacia las montañas más altas, donde la nieve y el hielo dominan sobre la niebla y casi sobre los vientos gélidos del norte alpino y sus nubes iracundas de borrasca, para terminar llegando al exacto lugar donde la Muerte, paciente e insobornable, le aguardaba. Como a todos.

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