sexta-feira, 28 de junho de 2013

la vida no existe

Mi tío-abuelo Eliseo, que vivió la revolución del 34, la guerra y las prisiones de los vencidos y los años de la “fame”, solía repetrir a menudo: “Los ojos del ser humano se acostumbran a ver hasta el infierno cuando lo tienen delante todos los días”. Lo recuerdo a veces, paseando a Klaus (ahora huérfanos ambos de Yola), por la noche y veo a gente durmiendo en un revuelto de mantas en los cajeros de los bancos.

Me acuerdo también de la primera persona conocida a la que vi dormir en la calle, en el soportal de un garaje. Era Freddy, todo un personaje cosmopolita y trotamundos de Sama, que volvió a su casa de La Juécara tras pasar décadas por la tierra adelante. Su familia no quiso saber nada de él y las primeras noches de su retorno al pueblo natal las pasó durmiendo en un saco de dormir en el portal del gimnasio del Instituto Jerónimo González. Luego, con su talento de encantador de serpientes, se buscó cobijo enseguida en casa de amigos de hacía más de treinta años, hasta que al final fue readmitido por su familia.

En los primeros años que viví en Xixón conocí a otro tipo que también dormía en la calle. Era un holandés errante que pintaba murales de tiza en el Paseo del Muelle para sacarse unas perras y que iba por la noche a gastárselas en cervezas y algún bocadillo en el antiguo Café Trisquel de la calle Pedro Duro. Se llamaba Jan y hablaba español perfectamente, con acento argentino, adquirido en la infancia de su madrastra, una porteña emigrada a Rotterdam que se había llegado a casar con el policía que la detuvo al llegar a Holanda sin papeles y que era el padre de Jan. De su vida, creo que fue lo único que le escuchamos contar y una vez muy de pasada, cuando alguien se interesó por saber el origen de aquel marcado acento argentino.

Dentro de lo que cabe llevaba una existencia bastante rutinaria, desde el mediodía hasta bien entrada la noche pintaba sus murales en el suelo del Muelle y al concluir su jornada laboral se iba al Trisquel, comenzaba a beber pintas de cerveza y se marchaba cuando ya no le quedaba una moneda que gastarse. Llegado ese momento se levantaba tambaleante, recogía su petate y decía siempre: “Bueno, creo que es hora de irse a casa”.

Una noche volviendo yo para la mía, cerca de la Puerta de la Villa, me pareció ver durmiendo en el soportal de un garaje a un tipo muy semejante a Jan. Pasé de largo y retrocedí unos pasos para cerciorarme de que era él. Lo reconocí por la funda del petate, un saco auténtico de marinero con el viejo anagrama de la Armada de Flandes.

Era un tipo muy divertido y ocurrente. Nos gustaba charlar con él mientras trasegábamos nuestras Guinness y él sus pintas de cerveza española de barril, sobre todo por sus puntos de vista siempre particulares y sorprendentes. A propósito del dinero, mantenía opiniones similares a las de los anarquistas clásicos, atribuyéndole una mera naturaleza de ficción social. “El dinero no existe”, recapitulaba a última hora, a punto de “irse para su casa” tras fundir la última moneda conseguida pintando en el Muelle. No sé si yo o un amigo de aquella, del que hace años que no tengo pista, le discutíamos que precisamente su caso era una perfecta demostración del funcionamiento del mercado capitalista: mientras producía sus murales se iba generando en la gorra destinada a las monedas de los viandantes un pequeño capital que él, una vez recogido, empleaba en consumir cerveza en el Café Trsiquel, al día siguiente la rueda volvía a girar: debía comenzar de nuevo para que la maquinaria del dinero no se interrumpiese. En verdad -le provocábamos- él formaba parte de esa maquinaria capitalista le gustase o no le gustase y de una u otra manera seguiría formando parte de ella, por lo menos, hasta el día en el que consiguiese vivir del aire y Ramón o Beto, los chigreros del Trisquel, decidiesen invitarle a sus pintas hasta que el cielo cayese sobre la tierra. Jan se encogía de hombros, nos miraba con sus ojos vidriosos y miopes sonriendo tras unos lentes estilo John Lennon y apuraba el último trago de cerveza para insistir en su cantinela nihilista: “La cerveza tampoco existe”. Y decía aquello de que ya iba siendo hora de irse a su casa.

En aquella casa del garaje cercano a la Puerta de la Villa lo vi una noche de “xelada”, en lo más crudo del invierno, durmiendo con media docena de gatos callejeros acomodados sobre él. Desde la acera se podía escuchar perfectamente el ronronear agradecido de sus compañeros de lecho.

Una noche apareció por el Trisquel exultante de alegría. “Ahora sí vais a poder insultarme de capitalista para arriba. He encontrado un trabajo estable y renumerado con derecho a vivienda”. No le creímos hasta que fue explicando en qué consistía su nueva vida como asalariado. Por lo visto había llegado a un trato verbal con el vigilante nocturno de un parking para que le sustituyese en su puesto mientras el titular se iba a un puticlub de enfrente del garaje a pasar el rato. A cambio le pagaba una cantidad similar a la que él obtenía pintando en el Muelle durante todo el día y le permitía pasar la noche a cubierto y con una nevera al lado llena de latas de cerveza y algunas viandas. El tiempo libre que le permitía su nuevo horario laboral lo empleaba en deambular por Xixón, echarse a dormir una siesta en el Cerro de Santa Catalina o dejar que las horas transcurriesen plácidas en la Cuesta del Cholo, con una caña en una mano y un porro en la otra.

Sé que no duró mucho la nueva situación de Jan. Creo que los dueños del parking descubrieron la estratagema de su vigilante nocturno y lo despidieron inmediatamente. Jan volvió a pintar sus murales con tizas de colores en el Muelle.

Pasó el tiempo. Yo dejé de frecuentar todas las noches el antiguo Trisquel de la calle Pedro Duro. A nuestro amigo el holandés le perdí el rastro en la primavera del 92 o del 93. Había desaparecido del Paseo del Muelle y el último mural que pintara lo borró con una furia bárbara un aguacero seguido de una galerna no menos tremenda un 25 de abril en el que un grupo de románticos de la revolución portuguesa intentaba conmemorar la fecha en los Jardines de la Reina con música de fados y unos cuantos claveles que la ventolera pronto dejó hechos trizas entre las plantas tropicales del jardín público y las aguas remontadas del Muelle.

Años después, la primera vez que viajé al pueblo natal de Mercedes en Galicia, nos escapamos una tarde hasta Santiago y allí al lado del Preguntorio vi reclinado sobre un mural en el suelo de lajas baqueteadas de la rúa a un tipo desgreñado que deslizaba sus tizas de colores sobre un dibujo del Apóstol algo naïf que parecía cien veces borrado y vuelto a pintar. Junto a la gorra destinada a las monedas y el petate de marinero habia dos botellas de cerveza de litro, dos litronas, una vacía y la otra, a punto de estarlo, que el artista callejero bebía a morro, sin importarle de que una parte del contenido de la botella se desparramara por su barba rala y sucia. Me acerqué a dejarle unas monedas y le toqué en el hombro para saludarle. Jan se volvió con la mirada vidriosa y perdida, como si acabase de despertar de un largo sueño. No me reconoció. Yo tampoco quise insistir ni entrometerme en la que parecía ser su confusa rutina en las viejas rúas compostelanas. Como el de cientos de peregrinos piadosos o aventureros de la vida, su camino había llegado hasta aquel finisterre y quién sabe qué sería de él en esa meta de los días que ya se van perdiendo entre la niebla y la lluvia de los viajes sin vuelta. No sé si me oyó, pero le deseé suerte y me despedí de él en su propio idioma, recordándole, recordando ahora que, a veces, parece que es la vida la que no existe.

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