quarta-feira, 9 de janeiro de 2013

náufragos

Sucedió aquí en Xixón, hace dos inviernos. Un hombre, sin identidad conocida y con acento extranjero, fotografiaba el rompiente de las olas una tarde de temporal en la recién inaugurada escalera nº 0 del Paseo del Muro. Alguien que transitaba por allí le advirtió del peligro que corría y él, ignorando el aviso, sonrió y dijo algo así como: “¡No problema!”. Siguió fotografiando la furia del mar contra la balaustrada que rodea la Iglesia de San Pedro. El testigo y un surfista que nadaba sobre su tabla enfrente de La Escalerona vieron como una de aquellas olas de más de tres metros lo engullía con su lengua de espuma y lo hacía desaparecer bajo las aguas.

Que se ignoraba su identidad y que hablaba con acento extranjero fueron los únicos datos ofrecidos al día siguiente por los periódicos de la ciudad sobre el infortunado desconocido. Algunos testigos consultados por los reporteros locales añadían algunos otros detalles: que era un hombre de mediana edad, que usaba gafas y que había revelado en un bar cercano al Muro su condición de peregrino a Compostela, por el viejo camino de la costa.

La prensa informó durante los días siguientes del dispositivo organizado para el rescate del cuerpo y en el que participaban efectivos de Salvamento Marítimo, Bomberos, Cruz Roja, Protección Civil, Guardia Civil, Policía Nacional, Policía Local y voluntarios. En todo ese tiempo el estado del mar apenas había variado y los responsables del operativo de rescate confesaban a los medios las escasas esperanzas que albergaban de lograr localizar al ahogado en esas condiciones. Un veterano marinero del barrio de Cimavilla declaraba a un periódico local que había que esperar por lo menos diez días para que un cuerpo arrastrado por el mar emergiese a la superficie. Otros expertos, consultados, cifraban esta espera en dos semanas.

Pasaron diez, quince días, un mes. El mar bravo del invierno en la Bahía de San Lorenzo no parecía dispuesto a soltar los restos de su presa. El asunto dejó de ser noticia. En la prensa de la ciudad apareció algún suelto posterior en el que se informaba que la Policía se había puesto en contacto con otros servicios policiales de distintos países europeos con el fin de conocer si se había denunciado la desaparición de alguna persona en territorio español que pudiese responder al perfil del ahogado, sin ningún éxito.

Recuerdo aquellos días, uno mismo, mientras paseaba los perros por el la Playa de San Lorenzo, escrutaba a las olas que venían a romper en el arenal por si acaso aparecía algún resto del desaparecido: una prenda, las gafas... algo. Acababa de leer un título singular entre los que se imprimen cada año en España bajo el epígrafe de no ficción y que apenas cinco años después de haberlo publicado el principal grupo editorial del país, se vendía en un mercadillo de saldos por un euro. En su día también había pasado prácticamente desapercibido, a pesar del reclamo comercial con el que se había lanzado: “La verdadera historia de Heinz Ches, ejecutado el mismo día que Puig Antich”. Claro que en 2005 y desde hacía bastante tiempo, seguro que tanto el nombre del anarquista muerto a garrote vil en marzo de 1974 como el de su compañero de infortunio, un extranjero al que se acusaba del asesinato de dos personas, una de ellas guardia civil.

El libro: “El silencio de Georg”, una emocionante investigación del escritor Raúl M. Riebenbauer, reconstruía, prácticamente de la nada, la biografía de alguien que entonces, como tres décadas atrás, apenas era la sombra de un fantasma. Un ciudadano calificado por las autoridades que lo juzgaron y condenaron de apátrida, “posiblemente de orígen polaco”, con nombre falso y cuyo presunto crimen (según las averiguaciones de Riebenbauer, casi probado), en la persona de un vigilante de seguridad y un miembro de las fuerzas del Orden Público, lo emparentaban en el Código Penal de la dictadura de Franco con aquel joven militante anarquista detenido tras una refriega con otros activistas libertarios de Barcelona en la que había resultado muerto un policía. El autor de la investigación consigue localizar a los familiares de aquel supuesto apátrida: en realidad un ciudadano de la antigua RDA llamado Georg Michael Welzel, casado y creo recordar con un par de hijos, al que los suyos habían dado por desaparecido en algún lugar del sur de Europa y del que nunca habían vuelto a saber.

Quién sabe si en alguna ciudad de Francia, Alemania, Bélgica, Holanda, Italia, Gran Bretaña...no hay alguien que aún espera noticias de aquel desconocido que un golpe de mar se tragó para siempre frente al Muro de San Lorenzo en Xixón. Tal vez ese hombre con gafas, amigo de fotografiar la furia de la naturaleza y seguramente también los lugares hospitalarios que fue construyendo para resguardarse de ella la mano del ser humano, tenía la costumbre de perderse por aquí y por allá sin sentir la necesidad de enviar a los suyos tarjetas postales o de comunicarles de vez en cuando con una llamada telefónica por donde iba encaminando sus pasos. Tal vez fuese uno de esos tipos que una vez en la vida deciden perderse, romper las amarras que aún les puedan unir a su entorno afectivo o sentimental y andar mundo adelante, sin detenerse a mirar ni para su propia sombra.

Sucedió hace ya dos inviernos en este mar, que algunas tardes de invierno parece empeñado en recordarnos a todos los que a veces transitamos por las calles de las ciudades que vio nacer dándole la espalda, su naturaleza de animal salvaje e imprevisible. Cuando paseo por la playa con los perros en estas fechas, aún me detengo a inspeccionar sus despojos: el banco descuartizado de una lancha, una bolla estrangulada por las algas (el ocle de estas riberas cantábricas), un trozo de tela deshilachada, algún posible resto de aquel desconocido que se ahogó frente a la escalera nº O del Muro o de cualquier otro náufrago, de identidá aún más borrosa. Son pesquisas infructuosas, del mismo percal que esas en las que uno se busca a sí mismo o lo que queda de uno en los días ya idos y sólo encuentra despojos de naufragios ajenos, ni un sólo detalle en el que reconocer algo de lo que fue y ya no es. En nuestro caso, tan distinto al de los verdaderos náufragos: afortunadamente y casi siempre, para bien.

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