El
crío se despertó sobresaltado en medio de una pesadilla
horrorosa. Soñó que era adulto y que regresaba después
de muchos años al lugar de su infancia. Abría la puerta
de la vieja casa familiar y allí le estaban aguardando, para
ajustarle las cuentas, todos los amigos a los que no había
vuelto a recordar y todos los juguetes con los que se cansó de
jugar y abandondó en el cuarto de los trastos.
sábado, 24 de novembro de 2012
sexta-feira, 23 de novembro de 2012
hestories inocentes pa tiempos malos
Depués
de tres nueches buscando cebera pel monte, la lloba volvió a
la cubil colos restos que quedaran d'un cabritu despeñáu
sabe Dios cuándo. Los tres llobatos salieron recibila mui
contentos, moviendo'l rau.
-
Mama, mama -aullaron, enllenándola de llambiotaes- ¿Qué
mos traes pa comer?
La
lloba dexó caer ente la ramasca los tucos de carne
apodrigañao.
-
¡Otra vez, carroña, mama! -dixeron a coru los llobatos,
decepcioaos.
- Ye
lo qu'hai, fíos...Y da-y gracies que lo tenéis, qu'hai
en tola collada y los contornos otros llobinos que de xuro güei
nun cuemen...
-
¡Tamos fartucos de carroña, mama! -retrucaron, otra vez
a coru, los cachorros.
Un
d'ellos, arregañó los caniles y foi más llonxe
na so protesta.
-
Pos, yo quiero más pasar fame que comer esa puxarra...-gruñó,
desafiando a la madre cola mirada.
- Pos
yo tamién -dixo otru.
- Y
yo -arrepostió'l terceru.
La
lloba baltió a los tres d'un emburrión cola pata.
-
¡Cómo nun comáis, va venir l'home y entós
si que vais ver la que ye bono!
Los
tres cachorros, arrevollicáronse muertos de risa ente la
xamasca.
-
¡L'home nun esiste! ¡Ye un cuentu! -dixo ún.
- ¡Si
esiste! -retrucó'l más espabiláu-. Lo que pasa
ye que nun nos puede facer nada porque somos especie protexía.
-
¡Eso! -dixo'l terceru.
La
madre lloba llevó les pezuñes a la tiesta, aparentando
un gran plasmu.
-
¡Ai, fíos del alma, inocentinos, qué poco
sabéis! ¡Cómo se conoz que sois nuevos! Claro
qu'esiste l'home y eso de que somos especie protexía sí
que ye un cuentu. Esiste l'home y ye'l nuestru peor enemigu. Nun lo
escaezáis enxamás. ¿Nun vos cunté yo la
hestoria del Llobu y Capiruchu Encarnáu?. Pasó de
verdá y nun hai tanto... ¿Alcordáisvos? Aquel
llobu afamiáu que s'atopó con una cría humana
que llevaba nuna cesta chorizos, quesu y una xarrina de miel y
pidió-y un poco y ella envez de da-ylo, solmenó-y un
cestazu con tol alma y el probe echó a correr y foi guardase
nuna casa humana, porque pensaba que taba abandonada y había
una vieya, que-y dio un sartenazu namás velu y escapó
dando voces: “¡El llobu, el llobu!” y vinieron unos
cazadores qu'andaben perende y al sentilos llegar al probe llobu nun
se-y ocurrió otro que marutase cola ropa de la vieya y metese
na cama aparentando que yera ella y los cazadores dicíen-y,
sonsañones: “¡qué manes más peludes
tienes, qué oreyes tan llargues, qué bocona tan grande
pa ser una vieya!” y ellí mesmo lu molieron a palos,
despelleyáronlu, cortáron-y la cabeza y fueron pal so
pueblu col pelleyu y la cabeza nun palu col mesmu sonsañu:“¡qué
manes más peludes tienes, qué oreyes tan llargues, qué
bocona tan grande!”. Y aquella cría humana que-y llamaben
Capiruchu Encarnáu y la vieya, que yera so güela,
aplaudíen a los cazadores y espatarrábense de risa
gritando: “¡El llobu, el llobu!”.
Los
tres llobatos mientres la madre-yos cuntaba otra vez la hestoria de
Capiruchu Encarnáu fueran plizcando a pocoñinos los
restos del cabritu hasta dexar namás los güesos, que
s'adormecieron rucando.
quarta-feira, 21 de novembro de 2012
¿por qué dicen que el amor es ciego?
Aún no había anochecido y el letrero luminoso del bingo deslumbraba la calle entera. Tuve que volver a escuchar la pregunta, reparar para las gafas oscuras de aquel hombre y para el bastón blanco con el que se ayudaba para comprender que no se trataba de una broma.
- Por
favor, si es usted tan amable -repitió por segunda vez-,
¿podría decirme si hay un bingo por aquí cerca?
Entonces
todo pareció encajar. Supuse que el ciego buscaba el
establecimiento de juegos de azar para ponerse a la puerta a vender
cupones, como había visto hacer en más de una ocasión
a otros repartidores de la ONCE.
-
Aquí mismo, en donde estamos hablando, tiene usted uno.
Me
dio las gracias, con una sonrisa nerviosa.
-
¿Sabe? -me dijo-. Seguro que mi mujer está ahí
adentro, jugándose la pensión. Me apostaría la
cabeza a que está ahí, a no ser que haya otro bingo
por aquí cerca...
Hice
memoria y no recordé otro establecimiento similar situado por
los alrededores.
-
Estamos alojados en el hotel X., en esta misma calle -me dijo-.
Somos de un pueblo de Albacete y venimos en una excursión de
jubilados. Hemos llegado esta misma tarde y fue deshacer las maletas
o casi ni eso: se cambió de ropa, bajamos a la cafetería
y me dijo que se iba a dar un paseo, a ver el mar...Claro, como sabe
que uno ya no está para paseítos...Siempre me hace lo
mismo. Cuando empieza la temporada de viajes para la tercera edad no
nos perdemos uno: hemos recorrido ya toda España: la costa
del Sol, la costa Brava, Murcia, Mallorca, las Rías Bajas,
Santander... Y total como si nos quedásemos en nuestro
pueblo. Ella sólo sale del hotel para ir al bingo y yo,
practicamente ni salgo del hotel, todo lo más a la
cafetería...
-
Ya...
Detrás
de las gafas oscuras todo el rostro se le enrojeció de ira.
-
¿Usted cree que esto es vida? ¡Mecagüen los
Quintos del 53! Yo es que a veces, de verdad, me dan ganas...de
hacer una barbaridad...Y la haría, no le quepa a usted
ninguna duda. Si no fuera ciego, le juro que...que...que me
separaba, me adivorciaba de ella...¡Vaya que no!
¡Mecagüen los Quintos del 53!
Todo
su menudo cuerpo temblaba de indignación y especialmente la
mano del bastón, haciendo que éste tamborileara
frenéticamente contra el pavimento de la acera.
- ¡Se
lo juro que me adivorciaba,
como hay Dios!
Dejé
que se desahogara sin interrumpirle. Lo cierto es que tampoco se me
ocurría nada para calmar su ira, que iba en aumento. Ahora al
tamborileo del bastón se le había añadido una
especie de rabieta en la que pateaba con los dos pies, como si
tuviese el baile de San Vito. Me dio la sensación de que el
temblor se había extendido por toda la acera como un seismo.
-
Perdone -le mentí-. Antes le dije que aquí mismo,
donde nos encontramos, había un bingo, pero no le detallé
que aún estaba cerrado...Y por lo qué yo sé,
creo que es el único bingo de la ciudad. No se preocupe,
seguro que su mujer se ha ido a dar un paseo para ver el mar.
domingo, 18 de novembro de 2012
el hombre que amaba a todas las mujeres
No lo
podía remediar. Cada vez que recibía una llamada o un
mensaje de alguna de sus nuevas amigas se sentía como un
caballo desbocado.
A
punto de cumplir los cincuenta, seguía enamorándose de
cualquier mujer que le resultase atractiva, igual que a los
diecisiete. No sólo se enamoraba perdidamente de cada una, era
capaz de llevar esa pasión hasta las últimas
consecuencias, incluída la infidelidad. Algo inevitable si
tenemos en cuenta que encadenaba sus enamoramientos unos con otros,
como racimos de cerezas y sólo daba por concluídos
aquellos cuando era su amiga quien decidía cortar la relación.
Aún en esos casos procedía como un auténtico
amante abandonado: lo embargaba una profunda tristeza, que luego se
transformaba en desesperación y finalmente en una tenue
melancolía. Como es lógico suponer, mientras atravesaba
por todos estos procesos de ruptura, su actividad amatoria seguía
siendo frenética, sin que ello le causara más trastorno
que el de poder encajar sus, cada vez más promiscuas
relaciones, en el limitado tiempo libre del que podía disponer
a diario.
También
tenía sus días negros, casillas recién pisadas
en el calendario de la vida que de pronto amanecían cubiertas
de oscuros nubarrones. En esos días más que un caballo
desbocado se sentía como un títere al que manejaban a su
capricho los hilos de un extraño regidor. Entonces un sombrío
pensamiento se le posaba en medio de su habitual entusiasmo con la
severidad plomiza de un cuervo en un extenso prado verde. Se decía:
“Un día alguien o algo romperá esos hilos y caerás
al suelo como un pelele desmembrado”. Pero eran pocos esos días
y pasaban aprisa. Una vez despejados los nubarrones volvía a
recuperar el brío de siempre y procuraba ponerse al día
con el tesón de un verdadero atleta al que una repentina y
leve lesión hubiese retirado momentaneamente de sus
disciplinados entrenamientos.
Se
murió en uno de esos días y de la manera más
tonta. Descendía por las escaleras mecánicas de un
centro comercial después de haber comprado una exquisita
prenda de lencería para una de sus más recientes amigas
y súbitamente un fallo en el sistema eléctrico del
establecimiento provocó la brusca parada de las escaleras. Él
iba, como siempre, con la cabeza llena de pájaros que
revoloteaban de un lado a otro trayendo y llevando mensajes,
sugerencias, nuevas citas, y el impacto del parón le hizo caer
rodando por los escalones metálicos hasta llegar al suelo
donde se golpeó en la base del cráneo, falleciendo en
el acto.
En su
declaración a la policía, el guardia de seguridad que
acudió a socorrer al accidentado, afirmó que antes de
agacharse a tomarle el pulso para ver si aún vivía, ya
suponía que no, debido a la posición en la que había
quedado tendido el cuerpo: “como el de un pelele desmembrado”.
Junto
al cuerpo quedaban una bolsa de Women Secret y una tablet Samsung,
con una agenda electrónica llena de citas y contactos, a los
que, por primera vez en la que había sido su vida, iba a
desatender.
sexta-feira, 16 de novembro de 2012
el buen traidor
Debía
haberle hecho caso. Ahora me arrepiento. Lo qué no acabo de
entender es por qué me lo advirtió en el último
momento. ¿Para aliviar su conciencia? Hay gente así por
el mundo. Y a veces no son los peores.
Estuve
más de una semana escondido en su casa, me sentó en su
misma mesa y compartí con su familia lo poco de bueno que
entraba en aquel hogar miserable. Cuando mi amigo F. me confió
a él, no dudó un momento en ayudarme sin recibir nada a
cambio. “Hoy por tí, mañana por mí”, llegó
a decir. Fue también él quien se ofreció a
pasarme al otro lado.
El día
en el que me acompañó hasta la frontera, su mujer me
regaló una bufanda de lana que ella había confeccionado
para mí y envolvió en un paño dos tortas de maíz
aún calientes con un trozo de tocino.
Ya al
borde del puente, mientras esperábamos emboscados entre los
matorrales el cambio de turno de los guardias, me cogió del
brazo inesperadamente y mirándome a los ojos me advirtió:
- No
pases. Lo más seguro es que al otro lado te estén
esperando.
Sostuvo
sin pestañear mi mirada desconcertada.
-
Entonces ¿por qué me has traído aquí?
- Se
lo prometí a nuestro amigo -respondió-. La palabra
dada llega hasta este momento. Ahora mi deber es avisarte de que al
otro lado es muy probable que te estén esperando.
- ¿Y
tú, por qué lo sabes? -repliqué.
- Eso
no importa ahora -dijo, desviando la mirada-. Hazme caso, no cruces
el puente. Regresemos a mi casa. Allí estarás a salvo
por un tiempo.
Intenté
que volviése a mirarme a los ojos.
- Lo
que pasa, camarada -sonreí-, es que tienes miedo. Tienes
miedo a que
te
delate si me cogen. Es eso. Tienes miedo.
Contestó
sin mirarme, casi con desprecio.
-
Puedes pensar lo que quieras. Yo te digo que no pases.
Sonreí
de nuevo. Observé las casetas de los guardias donde en ese
momento se estaba produciendo el cambio de turno. No lo
dudé. Me lancé al río y nadé con todas
mis fuerzas hasta la otra orilla.
Debía
haberle hecho caso. Al otro lado, justo a dos pasos del pequeño
embarcadero donde supuestamente él me había dejado
unas horas antes un hatillo con ropa seca y mi propia arma, se
avalanzó sobre mi una jauría de guardias.
En la
celda del puesto fronterizo fueron ellos mismos quienes me
confirmaron que estaban esperándome, tal como me había
advertido mi camarada. Claro, nadie mejor que él podía
saberlo
quarta-feira, 14 de novembro de 2012
segunda-feira, 12 de novembro de 2012
antes de que se enfríe el chocolate
Se
habían citado, como todos los jueves, al comienzo del Paseo de
Begoña, justo enfrente de donde estuvo el cine Goya y al lado
del antiguo cuartel de la Policía Armada.
El
primero en llegar fue Charly, gracias a la potencia motora de su
carrito de cuatro ruedas. Cinco minutos más tarde, apareció
Che, doblando la esquina de los Carmelitas, con su boina barojiana y
apoyándose en “las gogós”, como había
bautizado con cierto sentido del humor a sus inseparables muletas.
-Ya
era hora -lo saludó Charly-. ¿Estuviste de copas con
tus “gogós”, o qué?-
-
¡Mira el listo! -repuso Ché-. ¡Claro, como el
señor viene en su “cochecito”..!.
Sonrieron
los dos, intentando algo parecido a un abrazo.
-
Ya ves, amigo Che. Si hace casi medio siglo, cuando vimos juntos ahí
en el Goya, el filme de Ferreri, me hubiesen dicho que yo iba a
acabar circulando en un “cochecito”...
-
¡Y todavía te quejas! No ves que el mundo sigue igual
de mal repartido que entonces, amigo Charly...En tu condición
actual de mutilado de una pierna deberías circular con mis
“gogós” y yo, con estas ancas que arrastro, con gran
trabajo, debería poder ir plácidamente sentado en tu
“cochecito”.
Se
rieron, mostrando unas dentaduras tan precarias como sus últimos
destinos.
-
¡Qué mala leche tienes! No me extraña que
siempre te hayas dedicado a la crítica...
-
Claro, amigo Charly...Y tu a la glosa...¿O sigues
pretendiendo llamarlo ensayo?
El
glosador-ensayista le dirigió una aviesa mirada a su
compañero de fatigas. Luego sonrió. Siempre era así.
Se saludaban con unas pocas puyitas y a continuación, con el
entusiasmo de los niños que cambian cromos, se informaban
mutuamente del último artículo que habían
logrado colocar en la revista tal o cual, publicaciones que sólo
ellos conocían y alguno como ellos.
Avanzaron
lentamente hacia el Café Dindurra. Habían estado
recorriendo ese camino, con la misma morosidad, todos los jueves
desde hacía casi cincuenta años. Ni aún cuando
ambos se valían de sus propias piernas para recorrer ese
trecho habían condescendido nunca a la prisa. Era una
posición más moral, que vital, -habían
reflexionado-, la misma que manifestaban en sus respectivas carreras
literarias como articulistas de publicaciones difusas y lejanas. Se
lo habían repetido muchas veces, consolándose el uno
al otro: “Lo nuestro es una carrera de fondo” .
Ya
en el Café. Ante sendas tazas de chocolate y un platito con
cuatro churros sin azúcar. Charly le preguntó a Che:
-
Oye ¿tú crees que somos unos fracasados?
A
Che, de la risa, se le cayó su media dentadura postiza en el
chocolate.
Con
un trozo de churro que no siguió el mismo camino que la
prótesis y aún se mantenía batiéndosele
en el paladar dijo:
-
¡Fdacasadod de qdué! ¿Tu no dtiened tu
“codchecidto” y yo mid “gogod”!
Charly
asintió con gesto grave.
- Sí,
lo hemos dicho muchas veces: es una postura más que vital,
moral, querido Che. Anda, vuelve a colocarte la dentadura, que se
nos va a enfriar el chocolate.
quarta-feira, 7 de novembro de 2012
el ladrón del antifaz
Ella
se había enamorado perdidamente de él mientras se
visionaba en Comisaría, por tercera vez, la grabación
del atraco a la gasolinera de F***. El Inspector Jefe quería
estar seguro de que cualquiera de sus agentes pudiese reconocer
aquella cara como si fuese la de su padre o su madre. No era un
rostro fácil de olvidar. Ella pensó que realmente no
se trataba de una cara vulgar y el detalle del antifaz, más
que cómico, le había parecido romántico.
No
tardaron en dar con el atracador. Lo pillaron literalmente con las
manos en la masa, tras rodear con un espectacular dispositivo la
panadería en cuyo horno trabajaba. Tenía una doble
vida, dijeron los periódicos al día siguiente,
reproduciendo la nota oficial: en los últimos meses había
asaltado dieciocho gasolineras de toda la comunidad
castellano-leonesa, mientras llevaba una existencia normal en un
céntrico barrio de Zamora como obrador de una conocida tahona
de la ciudad. Los papeles también reprodujeron el mote con el
que lo había bautizado personalmente el Inspector Jefe: “El
ladrón del antifaz”.
Ella
participó en el operativo que condujo a la detención
del asaltante de gasolineras. A pesar de la tensión con la que
todos vivieron ese momento, mientras sus compañeros esposaban
al detenido, se había retirado hacia los anaqueles de madera
de pino donde reposaban las hogazas de pan trigo recién
salidas del horno y aquel aroma a leña seca y a masa de harina
fermentada, la había devuelto al calor de la infancia en una
casa donde todas las mañanas la despertaba ese mismo olor a
mundo bien hecho.
Cuando
lo trasladaban a Comisaría ella se ofreció como
voluntaria para custodiarle en el furgón policial junto a otro
compañero. En un momento del trayecto sus miradas se habían
cruzado y él aprovechó esa leve complicidad para
quejarse de que le hacían daño las esposas. Ella cruzó
una mueca burlona con su compañero y accedió a la
petición del detenido:
- Te
las aflojamos, para que luego no digas que te tratamos mal...
Se
encontró con él por última vez cuando lo sacaban
de los calabozos para conducirlo al Juzgado. En el pasillo que daba a
la zona de celdas, sus miradas se volvieron a cruzar durantes unos
segundos.
Luego
lo había visto por televisión y en las fotos que
reprodujo la prensa. Durante un tiempo le escribió a la cárcel cartas
firmadas con un nombre falso y remitidas desde un apartado de
correos, a las que él nunca contestó. Finalmente dejó
de escribirle.
En su
último destino en X., algunas tardes de lluvía y viento
frío se acordaba de él, de aquellos ojos profundos y
claros que en sus atracos él enmarcaba en un antifaz. Los
jueves, después del servicio, acudía a una tienda de
productos artesanales del centro, donde ese día llegaban
tiernas y olorosas, delicadas hogazas de pan trigo de Zamora.
segunda-feira, 5 de novembro de 2012
ciudad gris
Le
habían dicho que X., era una ciudad gris, húmeda,
hostil. Un lugar para pasar dos o tres días. El sitio no daba
para más.
A la humedad ya había tenido ocasión de conocerla desde la primer noche que pasó al raso, o lo que viene a ser lo mismo en X.: atechado en unos viejos soportales en obras, sobre un lecho de cartones.
También la hostilidad lo había saludado desde las primeras horas de su estancia en la ciudad: hombres y mujeres de caminar rápido y mirada esquiva que le negaban la cara o lo apartaban directamente con un gesto de la mano que ni siquiera llegaba a materializarse como contacto físico.
En cuanto a la grisura, era el tono general con el que los días y las noches trazaban su paso por las calles de X. Sin embargo ese no era el único color que la ciudad le había mostrado: con la lluvia, el rocío y las heladas, el pavimento urbano se iluminaba de verdes o rojos de los semáforos, del oro viejo de las farolas y las luces de los coches, de azules, rosas, morados en el reflejo de los letreros luminosos y el neón de los establecimientos comerciales.
Una de esas noches de lluvia, refugiado junto a otros como él bajo el alero de una parada de autobuses y compartiendo todos el vino amargo de envases tetrabrik por un euro de los supermercados, oyó decir a un tipo algo acerca de la grisura, que le impresionó:
- Mi vida es gris, pero mi muerte no lo será...
Desde aquella noche convirtió aquella frase en su divisa existencial. Cuando apretaba el frío y la humedad en su lecho de cartones o cuando recibía alguna mala contestación de los hostiles paseantes de X., apretaba los dientes, cerraba los puños y se decía: “Mi vida es gris, pero mi muerte no lo será...”.
Lo repitió muchas veces a lo largo de los dos inviernos que sobrevivió a la humedad y a la hostilidad en aquel lugar donde le habían recomendado no quedarse más de dos o tres días.
Lo dijo aquella madrugada oscura, en medio de una reyerta, al caer con el cuello rebanado sobre las baldosas grises y encharcadas de lluvia de una de las plazas más céntricas de la ciudad:
- Mi vida será gris, pero mi muerte no...
Y el gris encharcado de las baldosas se tiñó de un rojo vivo de sangre, sobre el que comenzaron a proyectarse otros rojos: el de los semáforos, con sus verdes, el oro viejo de las farolas y las luces de los coches; los azules, rosas, morados en el reflejo de los letreros luminosos y el neón de los establecimientos comerciales.
Subscrever:
Mensagens (Atom)