sábado, 3 de agosto de 2013

alborada ensin gaita

















ALBORADA ENSIN GAITA

Alcuando despierto col día,
munches alboraes échome con él,
inconstante, mudable como'l tiempù
de la mio tierra, nunca me siento solu
si los deos rosaos d'Eos me rocen la mano.

Escomienza otru día, remata otra nueche:
¿cuánta xente que quixe nun ta equí,
cerca, al llau, per dayures?
¿cuántos filos rotos d'amistá, complicidaes,
deséu compartíu, solmena cruel
l'aire sele de branu a estes hores
-ente les tenebres y la lluz, como
dixo'l Dante que ye l'almacén abandonáu
de les almes xuntes-, nesti riscar
d'una ciudá que nun importa?

Apago l'últimu pitu, bebo l'últimu tragu
de whisky si toi pa echame, prendo na cocina de gas
un cazu de café y dos güevos fritos na sartén
si ye xornada de madrugar y saca-y los caniles
a la vida corriente.


¿Cuánta xente que podía tar agora,
metiéndose na cama depués de tresnochar,
cuántos que podíen tar sintiendo la mesma emisora
de radio que yo de la qu'almorzaran,
-unos y otros afogaos, enfastiaos, fartucos
del brillu gris que tenía la vida cada día-
ya nun tan equí, ya nun puedo sentilos
na distancia como xente qu'alienda'l mesmu aire
qu'ún a ciertes hores nes que lo mesmo
podemos sentinos Napoleón énte la Efixe de la Pirámide
qu'un suicida con ganes de terminar cuanto primero
l'asuntu y que nun duelga?

Déxome llevar como un nenu a escuela polos tos deos de rosa,
amiga Eos, la que nunca faltes a la to cita.
Siéntote cerca, tamién a tí, querida Atenea,
nos güeyos asombraos de la curuxa
que dende va ya unes selmanes escoyó'l portal de mio casa
p'abellugar de les inciertes nueches y los inciertos díes.


Un poema de Ledo Ivo




















LA QUEMA

Quema tolo que pueda quemase:
les cartes d'amor
les factures telefóniques
el fatu de ropa puerco
les escritures y certificaos
les incofidencies de los collacios resentíos
la confesión interrumpida
el poema eróticu que robla la impotencia
y anuncia la arteriosclerosis

los recortes antiguos y les fotografíes amariellaes.
Nun dexes a los heriedes esfamiaos
nengua heredá de papel.

Meyor ser como los llobos: vivir nuna cubil
y amosar a la gandaya de les cais los caniles afilaos.
Vive y muerre guariáu como un cascoxu.
Y di-y siempre non a la refugaya electrónica.

Destrúi los poemes inacabaos y los borradores,
les variantes, los fragmentos
que provoquen l'orgasmu serondu de los filólogos y escoliastes.
Nun dexes a los llambiones de la povisa lliterario nin migaya.
Nun confíes a naide el to secretu.
La verdá nun puede escribise.

sexta-feira, 2 de agosto de 2013

el secreto de ofelia

-Sí, señor -dijo Ofelia, volviéndose de pronto hacia las estanterías que habían ocupado los comestibles de su tienda-, aquí tengo algunos libros de Cunqueiro y también una fotografía con él, al lado de estas de mi sobrina nieta el día en el que hizo la primera comunión. Las que están junto a ella son de mi difunto marido. A Cunqueiro le hacía mucha gracia, yo no sé por qué, mi nombre y el de mi difunto, que era portugués de Las Azores y se llamaba Otelo. A veces lo comentaba con sus amigos, de la que venían a casa de su primo Moirón (que era una bellísima persona, como don Álvaro, aunque los dos fuesen más bien de derechas...porque eran muy de derechas...), se acercaba con ellos a la tienda, pedía cualquier menudencia y me presentaba: “Aquí doña Ofelia, viuda del señor Otelo...” y los amigos se lo reían como si fuese una ocurrencia suya, que él era muy bromista, ¿no sabe?. Luego decía: “Esto es como una comedia de Pirandello, los personajes se han rebelado contra el autor y Otelo se casó con Ofelia, ¿sábe Dios con quién acabaría matrimoniando la desdeñosa Desdémona?”. Que debían ser nombres de amigos suyos, que los conocían a todos de sabe Dios qué aventuras, por eso les hacía tanta gracia, ¿no sabe?

Estaba en Riotorto, la aldea natal de la madre de Álvaro Cunqueiro y la primera persona con la que me encontraba allí que me supiera dar razones de la casa familiar donde pasaba los veranos de la infancia el escritor, se llamaba Ofelia y había leído prácticamente todos los libros publicados en vida por aquel señor de la vecina Mondoñedo, que además de su autor preferido, era para ella el “curmán” (primo hermano) de don Pepe Moirón.

Ofelia era una mujer conversadora e inquieta, que a sus ochenta y cinco años acababa de matricularse en la UNED de Lugo para el Curso de Acceso a la Universidad para Mayores. Si lo aprobaba y la salud se lo permitía, su intención, me confesó sin hacer alarde de ello, con la mayor naturalidad, era cursar la carrera de Psicología.

- En mi casa tuvimos tienda toda la vida. Primero mis padres y luego la tuvimos mi difunto y yo hasta que la cerré hace ya un par de años. Y eso imprime carácter. A mi la gente me decía siempre que tenía mucha psicología, que en lugar de tienda, bien podía haber estado al frente de una taberna o de una gran empresa. Cosas de la gente. Yo creo que debía ser porque me veían leer y porque era la única vecina de Riotorto a la que venía a saludar Cunqueiro con sus amigos...que aquí a casa de Moirón venían todos, la flor y la nata de Galicia y España enteras: el doctor García Sabel, Fraga Iribarne, Pío Cabanillas, Paco del Riego (que es de aquí al lado, de Lourenzá y ése era de los míos, muy de izquierdas, galeguista, nunca dio el brazo a torcer...), Cesar Antonio Molina (el que fue ministro socialista), Carlos Casares...Bueno lo que le quería comentar... tanto me machacaron con eso de la psicología que tenía que a la hora de elegir una carrera no me lo pensé dos veces. Si tengo salud y la cabeza en su sitio para terminarla ¡ya podrán decir con fundamento que tengo Psicología!

La tendera retirada de Riotorto poseía una memoria extraordinaria y podía recitar letra por letra varias de las obras de Cunqueiro, que había leído tantas veces y con tanta atención. Le pregunté cuál era el libro que prefería y sin dudarlo contestó “Merlín e familia”. Se puso a recordar las primeras líneas, aquellas que hablan de cómo describir Esmelle y su bosque. Quería retratarla recitando el Merlín con el propio volúmen en la mano y le sugerí que lo cogiese de la estantería donde le hacían compañía media obra completa de don Álvaro junto a las fotos familiares de doña Ofelia. Ella, sin perder pie y recordando de corrido cada línea de la introducción de la maravillosa novela, extrajo otro volúmen: “Escola de Menciñeiros” y así la fotografié, con las palabras del Merlín que no se escuchan en la imagen y la primer edición de Galaxia de su serie de semblanzas de curanderos, que continuaría luego en “Os outros feriantes!.

En una de las paredes laterales de la antigua tienda había viejas portadas de periódicos republicanos y el de un semanario comunista editado en Santiago de Cuba en los años treinta. Me interesé por ellos y Ofelia me contó la historia de su padre, emigrante y uno de los fundadores del Partido Comunista de Cuba. Volvió de la isla una década antes de que Fidel Castro entrara con sus barbudos de Sierra Maestra en La Habana. Ya convertido en tendero, el padre de Ofelia, siguió durante años enviando donativos al Partido que había contribuído a fundar desde la oficina de Correos de Mondoñedo.Dejó de hacerlo cuando leyó en un periódico de Madrid que Castro elogiaba al General Franco.
Ofelia, a pesar de sus confesadas ideas izquierdistas y republicanas, tampoco parecía mostrar mucha simpatía por el régimen cubano. Tras enviudar de su difunto Otelo había viajado a la isla en una excursión organizada por el BNG de Riotorto y lo que vio allí no le gustó nada. “Me dio mucha pena ver a aquella gente que lleva la alegría y la vida en el cuerpo pasar tantas necesidades, mientras hay unos cuantos -los listos de siempre- que disfrutan de todos los privilegios. No creo que la Cuba de Fidel tenga nada que ver con el verdadero comunismo”, me decía, acariciando la vieja portada del periódico del PCC en Santiago de Oriente.

Había ido a Riotorto para conocer el solar natal de la madre de Álvaro Cunqueiro y aunque la conversación de Ofelia invitaba a coger una de aquellas sillas paticojas de la antigua tienda para sentarse a escucharla, le propuse, en una de las escasas ocasiones en las que interrumpió su cháchara para suspirar y tomar aliento, que me acompañase a la casa familiar de los Moirón y Montenegro. Estaba a la vuelta de una curva en la entrada de Riotorto, frente a un taller mecánico. Yo esperaba encontrarme con un pazo, por lo menos la mitad de historiado que aquel donde pasó sus últimos años Merlín en la tierra de Miranda. Lo que vi fue una casona sin carácter, probablemente con no más de medio siglo de antigüedad, en la que, eso sí, destacaban unos hermosos jardines, ribeteados de parras y rosaledas.

- De la casa antigua, donde venía Cunqueiro de rapaz a veranear desde Mondoñedo, no queda piedra sobre piedra -dijo Ofelia-. Es una pena porque era muy bonita.

En la casa que ya no existía se había refugiado Álvaro Cunqueiro en los años cuarenta. Después de hacer la campaña del Norte en la guerra civil con las tropas de Franco y de haber colaborado en los principales medios de comunicación del bando azul durante toda la contienda, tras la victoria, su firma se prodigaba en las cabeceras más importantes de la prensa española. A mediados de la década de los cuarenta cayó en desgracia por cuenta de un episodio que él nunca quiso recordar y que, al parecer, consistió en cobrar un reportaje encargado por la embajada de la Alemania nazi en Madrid que nunca llegó a publicarse. Le retiraron el carnet de periodista y le dieron de baja en Falange -una organización en la que nunca llegó a estar afiliado realmente, según han averiguado investigadores de la vida y la obra cunqueirianas-. Se le cerraron todas las puertas y la única salida que vio Cunqueiro fue la de poner tierra de por medio y volver a la tierra natal de Mondoñedo. En sus primeros años se refugió en la casa de su primo hermano Moirón en Riotorto. Allí le recordaba bien Ofelia. Apenas salía si no era para pasear por los jardines de la casa. Si se enteraba que algún forastero había llegado al pueblo se encerraba en la casona familiar y pasaba días sin asomar la cabeza por una ventana. “Entonces todo el mundo tenía miedo -me contaba Ofelia-. Incluso un señor de derechas como Cunqueiro, sabía que ni en casa de su “curmán” Pepe Moirón, que era de la Adoración Nocturna de Mondoñedo y respetado por todos los Falanges de Meira a Lourenzá, de Betoña a Ribadeo, podía estar seguro”.

Caminamos por la carretera, recorriendo el cierre de la finca y admirando el esmero con el que seguían cuidados aquellos jardines. Ofelia destacó el color y la vitalidad que el sol de primavera imprimía a las rosaledas enredándose en los arcos de un paseo de fina y blanca gravilla.


- En aquellos años -recordó Ofelia-, de rapaza, vi muchas tardes a Cunqueiro recorriendo estos jardines, avanzando a grandes pasos bajo estas rosaledas con las manos atrás, pero muy erguido, con la cabeza al frente, alto...siempre fue muy alto, un mocetón...Parecía un general prisionero pasando revista a un ejército fantasma...Una vez ¿no sabe?, de rapaza se tiene ese descaro, me acerqué a estos mismos muros y él iba paseando, como todas las tardes, muy erguido, con las manos atrás...Al pasar cerca de mi le vi la cara...Entonces aún no llevaba lentes...Le vi los ojos, unos ojos claros, grandes, muy despiertos...Iba llorando...Aquel señor tan alto y tan digno en su andar, iba llorando a lágrima viva...

Aunque era muy de derechas y un señorito de Mondoñedo que no salía de la casona de su primo Moirón, desde aquel día Ofelia sintió por él un afecto, que aún ahora, cuando la conocí en Riotorto, no era capaz de explicar. Hasta entonces nunca había visto llorar a un hombre hecho y derecho. Cunqueiro percibió la presencia inoportuna de la rapaza y enseguida recompuso el gesto para dirigirle una mirada poco amistosa, que provocó la inmediata fuga de la curiosa. Años después, cuando ella ya había leído casi todos sus libros y le admiraba y él entraba de Pascua en Ramos en la tienda para saludarla o para repetir la gracia de Ofelia y Otelo ante sus amigos, aquella testigo del llanto del escritor siempre tuvo deseos de expresarle la franca complicidad que sintió en esos momentos hacia el primer hombre que veía llorar. Nunca fue capaz. El señor alto y erguido, cargado con unos cuantos kilos de más y con aquella mirada clara y alerta, tamizada tras unos lentes de aumento, seguía transmitiendo una imponencia que la intimidaba.

De nuevo en su territorio, el local que había ocupado la antigua tienda, Ofelia se prodigó en ciertos pormernores de la vida privada de Álvaro Cunqueiro, que no me interesaban tanto: su temprana separación de la mujer con la que había tenido a sus dos hijos, la cercanía con la que éstos se criaron junto a su padre, el cuidado y la atención que él siempre les había dispensado, aún en los momentos en que su economía no era muy buena y así y todo había logrado darles una carrera, la devoción que estos hijos ya adultos habían siempre manifestado por su padre y por su obra como escritor...

Caía la tarde de primavera sobre el escaparate amarillento de la antigua tienda de Ofelia y le di las gracias por su amena conversación, por todos los detalles que me había dado acerca de Cunqueiro, por su admirable fidelidad de lectora y sobre todas las cosas, por haber compartido conmigo, un perfecto desconocido al que seguramente nunca más iba a volver a ver, esa escena íntima, que no relata ningún estudioso de la vida y la obra del escritor mindoniense y que ella habia tenido el privilegio de compartir con él: el secreto de una tarde en la que Álvaro Cunqueiro, hombre hecho y derecho, había llorado a lágrima viva, paseando por los jardines y rosaledas de la casona familiar de Riotorto

terça-feira, 30 de julho de 2013

caballos de cartón



En todos los tiempos el ser humano ha sentido la necesidad de fabular, soñar, deformar las cosas sucedidas para mejorarlas, mentir a los demás o mentirse uno mismo porque tal fantasía se coló en nuestra memoria y sirve para explicar algo incomprensible.

El mejor libro de relatos de Paul Auster no lo escribió el autor neoyorquino: “Creía que mi padre era Dios” recoge una parte de las historias que le enviaron a un programa de la radio oyentes prácticamente anónimos (sus nombres o sus iniciales no nos dicen nada de ellos). Son relatos presentados como verídicos por los propios informantes y en los que no resulta difícil detectar la mano de la fabulación, la memoria deformante o el eco de historias que siguen circulando entre la gente, con la misma vitalidad que en la edad media.

En una tierra como esta de Las Españas, tan poco dada a mirar sobre lo propio que tenga algo de carácter y antigüedad, no abundan las recopilaciones de historias orales contemporáneas, más allá del morbo por las llamadas “leyendas urbanas” y tampoco parece que los Paul Auster de éxito en Madrid o Barcelona se muestren muy interesados en la tradición popular, con ciertas excepciones situadas en las culturas periféricas no castellanas.

A poco que uno tenga afición por pegar la hebra con el resto de la humanidad, con personas corrientes de vida corriente, más allá de nuestros cerrados círculos personales o profesionales, notará que las leyendas, las fabulaciones, los mitos, siguen tan vivos en la conversación habitual de la gente como lo han estado desde que un ser humano tuvo la tentación de contar algo, no tal vez como había sucedido, sino añadiéndole de propia cosecha un interés que no estaba desarrollado del todo en la realidad.

En colectivos o grupos más o menos “cerrados” o con un margen muy amplio de autoidentificación: de los presos comunes a los altos ejecutivos de multinacionales, de los mineros o los policías a comunidades étnicas como los gitanos o los vaqueiros, a veces aparecen estas leyendas de manera más notable para el que las escucha desde fuera del grupo.

Me vienen a la memoria tres ejemplos recogidos en otros tantos de estos grupos “cerrados”. El primero, un relato, considerado verídico (como en los siguientes casos) por el informante, un recluso veterano que en un acto literario en la prisión de Villabona me lo contó. El protagonista de la historia era un delincuente muy famoso tanto por sus múltiples fugas como por haber inspirado una o dos películas sobre su vida. Mi informante aseguraba que lo había conocido en nó sé qué cárcel y que allí el famoso delincuente se ganaba unas perrillas a costa de la bisoñez de los novatos invitándoles a un juego de apuestas en el qué siempre ganaba él: les mostraba una caja de fósforos, la agitaba cerca del oído de la víctima para que pudiese percibir que dentro sólo había una cerilla. “¿Cuántas cerillas hay en la caja?”, preguntaba, poniendo una cifra a la apuesta. Si el novato contestaba que una, entonces él con una gran chulería, extraía el fósforo de la caja, lo encendía y lo tiraba al suelo, pisoteándolo. Luego le enseñaba la cajita vacía al novato: “Fallaste. No hay ninguna”. Es un relato que me volvió a contar otro preso en la misma cárcel, varios años después y en el que sólo cambiaba la identidad del protagonista, en este caso un primo suyo. Que no era una historia de la tradición  “local” de la prisión de Villabona, lo pude comprobar no mucho tiempo después al oír en un programa de televisión el mismo relato de la caja de fósforos a un tal Dieguito el Malo, un presidiario con largas condenas y nuevo recordman  en fugas del mundo carcelario español, lo atribuia como cierto a una antigüo compañero de rejas: “qué ese sí que era malo”.

El siguiente ejemplo se lo escuché a un gitano que vende libros de segunda mano en el Rastro del Piles en Xixón. Hablaba de Franco y decía que el dictador no se había portado tan mal con los gitanos como con los quinquis. Su explicación: durante la guerra civil le llevaron a Franco a una familia de gitanos capturados cerca del frente. Los calés, lejos de amedrentarse ante el autoproclamado Generalísimo, se presentaron ante él mostrándole sus respetos y el más viejo de ellos, saludándolo como Príncipe de los Gitanos de España. A Franco que le gustaba mucho la pomposidad y los grandes nombres -afirmaba mi informante- aquello le cayó en gracia y dio la orden de que nadie bajo su mando molestase a ningun gitano. Es un relato que se transmite en la tradición oral de los roma españoles desde hace siglos y que remite a lo que diversos cronistas recogen como cierto de la llegada a la península de los primeros grupos de gitanos, unos venidos del Norte de África y otros a través de los Pirineos. Se presentaban ante las autoridades locales como Reyes y Príncipes Egiptianos, Condes, Duques, Marqueses...

El tercer ejemplo me lo ofreció un vaqueiro del concejo de Belmonte de Miranda. Me contó por sucedido cierto en su juventud la misma historia que relata Jovellanos en una de sus famosas cartas a Ponz sobre los hechos que tuvieron lugar en la parroquia de Ouviñana, en Cuideiru, cuando el día de la fiesta mayor, los mozos vaqueiros, envalentonados por la sidra de la romería, decidieron entrar en la iglesia parroquial para sacar la viga de madera que los discriminaba de los xaldos (no vaqueiros) en el templo y arrojarla a un río, terminando así con la infamante segregación en ese lugar.  Mi informante aseguraba que no sólo lo había vivido, sinó que él mismo había sido uno de esos mozos vaqueiros que sacaron la viga, en su caso, de una parroquia mirandesa. Dudo que aquel paisano hubiese leído a Jovellanos o conociese de segunda mano la historia y es más problable que ya en los tiempos en los que la recoge como cierta el ilustrado xixonés fuese una leyenda que circulaba entre las brañas de arriba y abajo del occidente asturiano.

No todas estas leyendas orales tienen el mismo interés literario o estético. Lo corriente es que refieran sucesos no del todo extraordinarios, simples episodios que si se siguen recordando y transmitiendo es porque conservan alguna utilidad como elemento de cohesión social o de autoafirmación de una comunidad o de una familia o de una vida.

En esa maravillosa serie documental de la TPA que es “Güelos” de Ramón Lluis Bande escuché por los menos a dos de los informantes relatar de pasada un episodio que mi padre siempre contó por sucedido y real. Hablaban de los juegos de la infancia y los escasos y pobres juguetes que les fue dado conocer en sus tiempos. Ya digo al menos dos de estos “güelos” contaban que tuvieron un caballo o un burrito de cartón y que en cierta ocasión se les ocurrió ir a bañarlo a un río -tal como habían visto hacer a los mayores con sus caballerías-, y claro, el caballo se había deshecho en el agua. Es la historia que le oí contar a mi padre cientos de veces. En aquellos años los niños pobres o medio pobres sólo podían optar a acariciar un caballo de cartón y es probable que a más de uno se le viniese a la cabeza la mala idea de ir a bañarlo al río. Sin embargo, me atrevería a asegurar que se trata de una leyenda, interiorizada como real por aquellos niños o, ya de adultos, por aquellos hombres.

Una característica común de las leyendas y relatos orales es su valor utilitario: simbólico, didáctico, a veces meramente lúdico. La historia del caballo de cartón que se diluyó en el río me gustaría pensar que es un perfecto ejemplo de cómo las leyendas sirven en ocasiones para explicar lo inexplicable. El tema de ésta bien podría ser el de la disolución de la infancia como edad de los juegos y de la felicidad inmediata. No es preciso haber leído a Manrique, a   John Donne, Cernuda o a Eugenio de Andrade para entender que así funciona el ingenio de los símbolos y las metáforas en la mentalidad humana: nuestras vidas son los ríos y la infancia un caballo de cartón que se diluye en el agua ante la mirada espantada de un niño que aún no sabe que ha dejado de serlo.

Ol.leras de Perl.lunes


Ol.leras en Perl.lunes, Somiedu. Una vaqueira con casa d'abaxo n'Argumosu de Valdés y casa d'arriba en Perl.lunes díxome una cosa bien guapa de las ol.leras (onde el lleche tebio recién catao esfrez con agua corriente pa conservase en brano, eliminando'l posu no fondo las ol.las):

"El l.leite ya l'augua tou naz de la tierra, ya l'augua ía la mai del l.leite...porque ía la que cría las paciones que crían las vacas que crían el l.leite que cría a la xente...ya pur esu l'augua l.lambe tan sonce'l l.leite nas ol.leras...."

( Traducímoslo al castellano pa qu'otros amigos puedan disfrutar un daqué d'unes palabres casuales qu'a mi me supieron a esconxuru máxicu o a poema breve: "La leche y el agua, ambos nacen de la tierra, y el agua es la madre de la leche...porque es quien cría los pastos que crían a las vacas que crían la leche y a la gente...Por eso el agua lame tan dulcemente la leche en las ol.leras". )

sábado, 27 de julho de 2013

mater (dolor)osa

¿Qué espectatives tienen los que visiten Asturies per primer vez? Énte la fachada del Monesteriu de San Salvador de Curniana (de lo que va quedando d'él, cada vez más cerca de les ruines, como alerten los vecinos énte la desidia de les autoridaes competentes https://www.facebook.com/pages/Salvemos-la-Iglesia-y-el-Monasterio-de-Cornellana-de-la-ruina/597948423553969?fref=ts) atópome con unos amigos madrilanos que nun conocíen esta tierra. Los sos nenos, una pareya de ximielgos qu'aparenten el vivu retratu de Zipi y Zape, vienen decepcionaos de Somiedu porque nun vieron nengún osu al pesar de les esperances que-yos dieran los guíes turísticos locales.

Por amenorgar un daqué la decepción de los rapacinos, pregúnto-yos si quieren ver una osa y énte la incredulidá d'ellos y la sorpresa de los padres, enveredo a tola familia énte los mesmos murios del cenobiu pa ensiña-yos l'escudu principal. Embaxo'l cuadrante superior, qu'amuesa la figura del Salvador, una osa colos tetos abultaos de recién parida garra en cuello a una nena.

-¡Se la va a comer! -salta Zipi.
-¡La está estrangulando! -arrepostia Zape.

Los ximielgos ponen cara de nun creer una palabra de la que-yos cuento que la osa de piedra, llonxe de causa-y nengún dañu a la rapacina, tienla en cuello pa da-y de mamar. Ye l'emblema fundacional del monesteriu. La neña representa a la fundadora, la infanta Cristina, fía del rei Bermudo II de Lleón. La llienda cuenta que de bien pequeñina quedó perdida per aquelles biesques que xunen les tierres altes lleoneses colos montes y los vais del suroccidente asturianu y que la recoyó una osa pa curiala y criala como si fuera nacida de les sos mesmes coraes. Depués la osa llevóla hasta la vera d'un ríu onde baxaben por agua unos monxos ermitanos d'esos montes. Ya moza, la fía del rei mandó alzar una ilesia y un cenobiu nel sitiu onde la osa la dexó a salvu, consagrándolu por ello a Cristo San Salvador y llantando en piedra la estampa del animal nel dintel cimeru de la portalada.

Llevélos de siguío a la llamada, precisamente, Puerta de la Osa, nel ala oeste del monesteriu. Ende ta llabrada en piedra la representación más vieya del animal emblemáticu de San Salvador de Curniana, en cantu'l dintel d'un arcu que nos sos pies amuesa otres dos figures d'oses a entrambos llaos. Dellos estudiosos de la iconografía románica caltienen que la pieza central, la que caltién una figura humana ente les garres, ye de cierto un lleón, emblema del Reinu onde se fundó'l monesteriu y de xuro, tamién, representación del Lleón de Xudá. Puede ser. Sicasí les figures animales que tienen polos pies de l'arcada son inequívocamente dos oses.

Los mios amigos tenten congraciase colos fíos prometiéndo-yos qu'al día siguiente van dir ver a dos oses como aquelles, pero de carne y güesu, les famoses Paca y Tola. Ensin querer entemeteme n'asuntos familiares nun-yos oculto la mio disconformidá col destín d'atración pa turistes a les que condenaron de cuantayá a los probes animales del cercáu de Proaza unos tipos responsables d'una fundación supuestamente conservacionista. Fálo-yos de la vida en cautividá de Paca y Tola desque yeren dos esbardines güerfanes hasta los sos díes actuales, ya a les puertes de la vieyera y la decrepitú, nuna condena superior n'años a la de los presos etarres más veteranos. Del grotescu y disparatáu episodiu del semental Furaco, con tol so siguimientu mediáticu y el triste final: la cría malformada que parió Tola, ya muerta o sacrificada por instintu pola propia madre énte la so improbable supervivencia.

Esta hestoria murnia y truculenta despierta más l'interés de los ximielgos Zipi y Zape que la de la osa del Monesteriu de Curniana. Cuénto-yos arriendes que de la que yo tenía el so tiempu había n'Ovieu, no más céntrico de la capital, nel Parque San Francisco otra osa prixonera: Petra. La xaula onde la teníen metía les autoridaes del Conceyu o quien-y corrrespondiere aquella innoble responsabilidá nun debía tener más de tres metros de diámetru, descontando l'espaciu qu'ocupaba una especie de cueva artificial. Los rapacinos diben a retratase delantre d'ella y a meté-y ente les rexes barquillos con miel, la única dulzura que debió tener aquel probe animal en tolos sos años d'encierru. Llevaba ellí dende principios de los años cincuenta, de mano xunto a un esbardu hermanu, al que bautizaron como Perico y que malpenes sobrevivió en cautividá tres o cuatro años. De la que morrió dalgún macabru intelixente de la cosa público tuvo la ocurrencia de que lu disecaran y nesa espantible suerte de posteridá debe siguir el pelleyu de Perico escaecíu en dalgún cuartu de los trastos municipales de Vetusta.

A los nenos de los mios amigos madrilanos decepcionólos saber que los restos disecaos del hermanu de Petra nun s'esponíen al públicu en dayures. Por quita-yos de la cabeza el dir a ver a les prixoneres Paca y Tola, volvimos al sitiu de partida, énte l'escudu de San Salvador de Curniana y la osa que tenía en cuello a una rapacina. Pregunté-yos a Zipi y Zape por qué cuidaben ellos que l'animal taba a devorar a la neña o a estrangulala. Miráronme entrambos como si fuera bobu.

-Es lo que se supone que hacen los monstruos...-respondió Zipi o igual foi Zape.

Di-yos la razón, aceptando por válidu el so razonamientu. El casu ye que nun yeren los únicos que calteníen tala creyencia por verdadera. Saqué de la chistera una hestoria vieya que-y sintiera cuntar en cierta ocasión a un vaqueiru retiráu que ficiera, mientres la salú-y lo permitió, casi un cientu de primaveres el camín de les brañes de la mariña a los pastiales altos de Somiedu. De la qu'inda andaba a xubir el ganao dende la so braña de Valdés hasta Santa María del Puertu, una primavera nel alto, que tuvo a nevar hasta bien entráu mayu, tolos vaqueiros xuntaron a conceyu pa tratar d'un asuntu que los traía reconcomiaos: delles xatines aparecieran muertes pela nueche con traza de que les acometiera un osu...xunta los restos de los animales apaecíen buelgues fresques que dexaben impresa la firma del depredador. Los vaqueiros solventaron l'asuntu decidiendo toos a una entamar una batida a la busca l'animal que-yos taba provocando tantu trastornu. La única voz que se llevantó entós a la escontra del alcuerdu xeneral foi la d'aquel brañeiru que munchos años después diba cuntame esta hestoria. “Nun ía un osu -dixo'l discrepante-, que ía una osa, ya you a una osa nun la mato pur muita estroza que nus puoda faere...Diba sere comu matar a la mia propia mai, mirái lo que vus digo, bien lo sabe Dious...”. Los otros vaqueiros miraron con plasmu al so compañeru, unos pensaron qu'atocheciera, otros que bebiera más vino de Lleón de la cuenta -que ye cabezón y anecia a la xente, bebío n'escesu-. Entós él cuntó-yos aquella hestoria, de cómo-y salvara la vida una osa, siendo él rapaz y qu'enxamás-y cuntara a naide, por neta vergüenza.

La primer vez que lu mandaran solu los de so casa a baxar el ganao dende Santa María del Puertu a les brañes d'hibiernu de la mariña valdesana, foi una añu nel que la seronda aprució enantes de que'l calandariu la señalara y vieno a mediaos d'ochobre, después d'unes selmanes tan soleyeres y templaes como les del veranu, endemoniada de vendavales, xarazaes y hasta un envión de ñeve tempraniega. Los vaqueiros más veteranos namás notar el fustaxe d'aquella otoñada enveredaron el so ganao del puertu abaxo ensin esperar más amenacies del tiempu; él yera un novatín y quedó de los últimos que tovía nun atopaben el día de volver a les brañes d'hibiernu na mariña. Nuna nueche de nevadona, daquella nieve traicioniega d'entráu ochobre, salió de la so cabana cola guiada y un candilexu d'esquistu a buscar les sos vaques pa guiales a la corripia del Puertu y p'abellugar a les críes a techu d'una corte. La ñeve diba posando el so mantu blancu de fríu y muerte nos caminos y pastiales de la braña hasta les costeres onde pasaba la nueche el ganao. El rapaz andaba alloriáu, zapicando pel camín de ñeve y allumando la fosca biesca de solombres col candilexu. Debió trompicar en cantu d'un tochu que la ñeve nun tapara del too o nun furacu, cayó de focicos, perdiendo el candilexu y la guiada y esfrellando la frente contra una peña. Nun sabía precisar el tiempu que tuvo ellí, ensin sentíu, tiráu ente la ñeve, a mercé de los falompios que caíen del cielu y lu diben pasiquino sepultando nuna mortaxa de xelu. Despertáronlu unos rebusquinos na cara, la sensación prestosa d'un calor que lu aidaba a recobrar la consciencia y l'aliendu. Abrió los güeyos y pensó que siguía soñando, que sufría alucinaciones. Había una osa grandísima enriba d'él, con una cabeza tan grande como la d'un toru cubridor, sentía los rebusquinos del so focicu na cara y la so llingua, llarga y moyarienta, escalecía, llambiéndolu cola mesma mansedume delicada d'un perru. En cuantes l'animal percibió que'l rapaz daba señes de vida y movimientu separtóse d'él y pasu ente pasu foi allonxándose pel camín de la ñeve hasta desapaecer na escuridá. “Si gúei toi vivu foi gracias a aquel.la osa”, dixo el vaqueiru a los sos compañeros. “Pudo cumeme, dame una dentiel.lada na gorxa ya cumeme como si fuora un pitu ya siguir el sou camín tan tranquila...ya nun lo fixo...L.lambioume ya l.lambioume hasta que despertare comu si fuora un esbardín de sou...Ya esu a min nun se me vai esqueicer de pur vida...Nun conteis cunmigu pa dir matar una osa, que primeiro sacrifico a las mias nuviel.las una pur una, bien lu sabe Dious”.

Prestóme ver los efectos de la maxa de les histories vieyes escentellar nos güeyos atentos de Zipi y Zape y na sonrisa cómpliz de los mios amigos madrilanos. Agora foi ún de los ximielgos, nun sé si Zipi o Zape, el que me dio una lleción de sentíu común y sensibilidá que, ciertamente, nun esperaba.

- Yo paso de ir mañana a ver a esas osas enjauladas. No se lo merecen...



quinta-feira, 25 de julho de 2013

zona cero

Las lecturas del azar. Después de casi dos meses ordenando libros, la blblioteca de casa aún me regala sorpresas inesperadas. La definición de fantasma, según James Joyce, en un libro de Alberto Vega que daba por perdido: “¿Qué es un fantasma? Preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta hacerse impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.”

Amigo de las confortables monotonías, de las vueltas al mundo desde la ruta circular de las calles de La Felguera o Sama, cordial, prudente, discreto. Al poeta Alberto Vega sólo la Muerte le fue capaz de desbaratar sus rutinarias y admirables costumbres, incluída la última con la que la desafiaba desde la enfermedad: su columna semanal en el diario “El Comercio” de Las Cuencas.

Recuerdo perfectamente la última vez que nos vimos porque aquella tarde en el parque viejo de La Felguera la propia Muerte andaba por allí merodeando. Después de participar en un acto literario junto a Vanessa Gutiérrez y Xuan Bello, estábamos conversando con Alberto en un grupo y por el paseo central del parque pasó Luis Cadórniga, de los Polino, un primo hermano de mi padre, con el que siempre tuve una relación muy cercana. Iba del brazo de su mujer Ángeles, como todas las tardes, camino de la terraza de la Sidrería el Parque a tomarse una pintina de vino. Al verme, en lugar de acercarse a saludar, me hizo un gesto extraño con la mano, sonriendo. Como en el relato del Mercader de Bagdag, de las Mil y Una Noches, el gesto que yo interpreté como saludo afectuoso era en realidad un gesto de despedida. Ignoraba también entonces que cuando estreché la mano del poeta Alberto Vega esa tarde al marcharme, con el deseo de volver a vernos pronto, iba a ser la última vez en la que nos encontráramos.

Me acuerdo de esa tarde con emoción porque nunca más volví a ver con vida a ninguno de los dos. Pocos meses después, con escasas semanas de diferencia, nos despedíamos -ya sin posibilidad de un gesto compartido- en la iglesia de San Pedro de La Felguera, un templo que siempre me pareció que tenía algo de sinagoga, no sé si porque sólo he tenido ocasión de entrar en él en funerales de gente querida y por encima de la palabrería hueca y formularia de los responsos del cura, había algo allí, un misterio íntimo que me unía a otras personas con las que sólo tenía en común el dolor de esos momentos.

En los poemas de Alberto Vega abundan los fantasmas y las apariciones o desapariciones espectrales. “Fantama” se titula precisamente el texto que encabeza la cita de Joyce, aunque de todas las composiciones reunidas en ese volúmen “Cuaderno de la ciudad” (que repoduce en una cubierta y contacubierta de Helios Pandiella el diseño y el propio papel de los cuadernos de ejercicios de caligrafía de las escuelas de los setenta), la que prefiero y no puedo leer hoy sin un cierto estremecimiento por lo que tiene de profética, es la titulada “Zona”. Alude a la que fue zona juvenil de copas en los años ochenta en el popular barrio felguerino de La Pumar y que hoy es sólo un populoso rincón de calles nuevas con edificios de pisos que se han comido a las viejas casucas, donde los espacios que ocupaban los bares nocturnos albergan ahora ruidosas sidrerías y vinaterías.

Zona

Aún se llena de muchachas y de círculos
la plaza aquella, giran todavía
en la tarde los colores de sus ropas
por las calles del barrio hasta perderse luego
entre el humo delirante y las cervezas

(Ellos saben que a la hora acostumbrada
se irá tanto deseo de los ojos.

Algunos permanecen aguardando la música
improbable y feliz de una aventura).

Yo nunca más he vuelto, aunque se dice
que un hombre sin pasado algunas noches
-especialmente tristes- contempla las paredes
y fuma silencioso y se emborracha
y paga con decoro y se va y nadie sabe
que ha cumplido una cita con sus sueños de aire.



Tampoco uno ha vuelto a aquella plaza desde que pasó allí sus últimas noches de copas en el año 86 y cuando lo ha hecho al lugar que entonces era la Zona por excelencia de buena parte de la juventud del Valle del Nalón, ya todo había desaparecido y cambiado, ni siquiera había ya ruinas ni escombros de todo aquello. En ciertas noches -especialmente tristes de invierno y con niebla-, tal vez si acompañásemos a aquel fantasma de los versos de Vega, podríamos desvelar entre las sombras la visión sobrenatural de una especie de Zona Cero (la única especie de Zona que podría ser ya) en la que las almas en pena de todos los que perdieron el camino antes de llegar a cumplir los treinta o los cuarenta vienen a congregarse aquí en compaña non sancta, algunos de ellos, seguramente sin haberse enterado del todo de su actual condición de difuntos. No se alumbran con fachos de cera ardiente como sus parientes de épocas más crédulas y si se ve el destello débil de una llamita, seguro que no es el alma de naide, tal vez sea uno de los supervivientes que viene a cocinar en su cucharilla o su papel de plata el último suspiro que le une al mundo de los vivos.

Si se acaba perdido por ahí una de esas noches de Walpurgis para espectros locales o transeuntes, cualquiera de los luminosos y sencillos poemas de Alberto Vega podría servir como esconxuru para salir de ella y volver a la bendita realidad de los días grises. Versos como esos titulados “Centro” y que en el caso si son proféticos es porque nos recuerdan que una de las formas de felicidad que nos promete la literatura y que en pocas -siempre merecidas- ocasiones cumple, es el de la pervivencia de una voz y unas pocas palabras verdaderas más allá de la vida de quien las escribió. Lo sabía -con su discreta y prudente clarividencia- nuestro admirado amigo Alberto:

Hay un sabor a nada en cada trago,
en cada gesto avanza una prisa sin olas,
sin sentido los pájaros
sobrevuelan la luz roja de un semáforo,

fruta imposible y vana. Crece un canto
de peces de latón y hojas enfermas
en oídos abstractos,
un rumor a hombre solo por debajo del ruido.

Yo camino despacio

(Es decir, estoy vivo).

terça-feira, 23 de julho de 2013

la moza de ánimas

(Para mi amigo Navia)

Era tan vieja aquella casa que en una luminosa mañana de verano el sol no la doraba, le pasaba por la fachada un paño humedecido de plata. A esa hora de la siesta el silencio en la aldea era absoluto. El sonido del disparador de mi cámara rebotaba en las vigas de madera y los voladizos de la callejuela estrecha. Debió de ser ese ruido el que hizo sacar la cabeza por aquel ventanuco a una señora con un pañuelo negro anudado tras la nuca y el rostro corroído de surcos como si en vez de muchos años tuviese la lepra.

Le di las buenas tardes y señalando a la cámara le pregunté si podía fotografiarla. Ella o no entendió lo que decía o no lo oyó o no consideró necesario responder. Mientras le tiraba unas cuantas fotos, acercó una mano a la boca, como si yo estuviese a cien metros de allí, encaramado en la loma que dominaba el pueblo.

- ¿Viene usted a ver a la Moza de Ánimas?

Sabía a lo que se refería porque una de las guías con las que viajaba hacía mención a esa figura, aún viva en aquella aldea: una mujer que salía todas las tardes, poco antes de que cayese el sol, a tañer una campana por las callejas empedradas, para llamar a la oración por el alma de todos los difuntos. Aún faltaban unas cuantas horas para que la Moza de Ánimas emprendiese su recorrido por el lugar, volteando su campana fúnebre. De haber dispuesto de más tiempo, no me habría importado quedarme hasta entonces para asistir al paso de la llamadora de las almas. Sin embargo mis planes eran otros, tenía previsto seguir recorriendo el pueblo durante un rato y salir con la intención de hacer noche al otro lado de la raya, ya en Portugal.


La mujeruca volvió a acercar la mano a los labios y a estirar el pescuezo hacia la calle.

- Porque si viene usted a verla, tarde llega, señor, que la pobre ayer mismo, sobre estas horas, le entregó el alma a Dios y hoy a las cinco la entierran. En cuarenta y dos años, que son los que estuvo la pobre llamando a difuntos, sin faltar una tarde, hoy van a ser las primeras vísperas en que no haya Moza de Ánimas en La Alberca...Mire usted, si es mala suerte la suya...

Tuve la tentación de responderle que para suerte mala la de la pobre señora de la campana, porque lo mío tendría remedio en otra ocasión que visitase La Alberca. Me interesé, en cambio, por la situación de desamparo en la que iban a quedarse hoy las ánimas de la parroquia sin la llamada a la oración por su eterno descanso de su fiel servidora.

- Ella rogará por todos desde el cielo -contestó la vieja-, no se preocupe usted, que nuestro Señor lo tiene todo bien dispuesto. Hoy mismo, tras el entierro, habrá Junta de Ánimas y se escogerá a la vecina que la sustituya para que mañana mismo ya salga a recorrer La Alberca con la campana. Si se queda en el pueblo, mañana tendrá usted ocasión de ver a la Moza de Ánimas y ya vería cómo se le pone la carne de gallina, como a todos los de fuera que nos visitan, que no hay cosa más bonita ni que emocione más en toda la provincia de Salamanca. Se lo digo porque una sobrina mía, tiene aquí mismo al lado, una fonda de turismo rural y si le dice que va de mi parte, le cobra lo mismo que en temporada baja...De verdad que merece la pena ver a la Moza de Ánimas, se le pondría la carne de gallina...

A pesar de la luminosidad del día, de la benéfica temperatura que se disfrutaba a la sombra de aquella calleja, de la amable y detallada información de la señora, en ese momento, a mí mismo se me estaba empezando a poner la piel de gallina. Rehusé la invitación de mi informante, agradeciéndole todos sus detalles y me despedí de ella.

- No se preocupe, ya habrá ocasión de escuchar y ver a la Moza de Ánimas algún día... Siempre va haber ocasión... Para hoy, tenía otros planes...

domingo, 21 de julho de 2013

la fuerza de los xustos

Os libros arden mal”, tituló Manuel Rivas la so extensa novela de la guerra civil en Galicia. El volume ábrese cola fotografía d'un grupu de voluntarios falanxistes presidiendo brazu n'alto una quema de llibros na Dársena de A Coruña nos primeros díes del alzamientu militar.

Al pesar de la mala calidá de la imaxe -reproducida de les planes d'un vieyu diariu coruñés-, poques como ella son a remanecer nel que la mira agora una estampa más violenta de la guerra del 36, onde nun fueron precisamente escasos los episodios de crueldá y horror intencionaos. Nunca ta de más alcordase d'esi llugar común de que s'empieza quemando llibros y acábase por quemar a la xente.

Ye verdá que los llibros arden mal. Esactamente a la temperatura de 451 graos na escala de Fahrenheit -como sabemos tolos ignorantes de la física que lleímos la novela de Ray Bradbury- y de 233 graos centígrados. Sicasí, una vez que prende la llama, el llibru, colos sueños, les idees o les tochaes que se vertieran nél, bien lluego queda indefensu, a mercé del fueu que va convertir eses palabres de tinta y papel nun tochu de pòvisa.

Dalgunos rapacinos del cursu 1937-38 de les Escueles de Sama tovía s'alcordaben setenta años después del tufu qu'esparde una pira de llibros quemando. Avanzaben en filera pel Parque Dorado encabezaos por don Sacramento, que los llevara a observar los efectos de la estación serondiega nes abondantes especies arbories del xardín públicu. Al final del parque, delantre la que fuera hasta unes selmanes enantes La Casa del Pueblo y onde agora s'abellugaba un destacamentu militar del II Tabor de Ceuta, alzábase una inmensa columna de fumo. El maestru, n'acolumbrándola, encamentó a los escolinos al so cargu que guardaran l'orde de la filera y nengún abandonara el grupu, mientres pasaben al llau de la foguera.

Los moros del destacamentu calecíen les manes alrodiu el fueu y de vez en cuando salía dalgún del edificiu con una caxa de cartón enllena de más combustible pa la pira y de la que lo echaba a ella, los sos compañeros celebrábenlo con grandes risotaes y palmes. Nel centru del fogaral consumíense sielles y meses desmembraes, con otros restos de mobiliariu, enriba de les sos brases, formando un balagar de rimeres atropellaes, decenes de llibros amburaben dende los sos llombos de cartolina entelada hasta'l so corazón de papel.

Don Sacramento dexó a los sos escolinos pa correr como un llocu hasta la foguera. Encaróse colos moros y a ún que tentaba echar una nueva caxa de llibros a la pira baltiólu en suelu con un furiosu emburrión. Los rapacinos contemplaben la escena plasmaos: enxamás vieran al so maestru perder los nervios d'esa manera. Los moros, de mano igual de plasmaos que los nenos énte la truñada d'aquel home, escomenzaron arrodialu con miraes amenazantes y el maestru, un paisanu pequeñacu, de complexón ruina y lentes de culo de botellla, quitó la chaqueta con desenvoltura pa enseñar la so camisa azul y desenfundar la pistola que llevaba na sobaquera. El grupu que lu arrodiaba foi retirándose a modo hacia l'edificiu de l'antigua Casa del Pueblo ensin apagar el bruque de les sos miraes enceses de rabia. Mentantu el maestru, cola pistola na mano apuntando al cielu, escomenzó a tentar retirar colos pies les rimeres de llibros qu'inda nun quemaran del too. Enantes de que pudiere consiguir apartar del fueu una rimera completa, un oficial español, musculosu y corpulentu como un osu, que remaneciera como de la mesma nada del interior del cuartel, desarmáralu y tiráralu al suelu dándo-y un violentu calzañazu na zancadiella.

-¡Usted mandará en su escuela y en la cantina de la Falange! -díxo-y, aidándolu a llevantase, de mui mala manera-. ¡Aquí mando yo!

Don Sacramento caltúvo-y la mirada con aquelles dos rayines cegarates que remanecíen tres los cristales gordos de los lentes.

-¡Lo que están haciendo es una barbaridad! ¡No se puede consentir! ¿Cómo pueden ser tan brutos?

El oficial repasólu d'arriba abaxo con una sonrisa socarrona.

-Son libros de los rojos...Y mis hombres tienen frío...

Seguru d'él mesmu y de l'autoridá que representaba ente aquel maestrucu enxencle de camisa azul y pistola que seguramente enxamás diba tener valor pa disparar, apuntó con un desterciu de toreru pa les rimeres de llibros qu'inda nun estrozaran les llames.

-Si en el brasero de su escuela no tiene leña para calentarse, coja aquí toda la que quiera, hombre...

Al maestru temblába-y el cuerpu enteru d'indignación, quería retrucar pero les palabres entarabicábense-y na llingua. Tuvo bastante aplomu pa contenese y pensar en frío. Buscó al grupu d'escolinos al otru llau de la carretera, féxo-yos una seña pa que s'allegaran. Entós encamentó-yos que caún d'ellos pañara un par de llibros d'ente los que taben perende espanzurriaos y dellos, inda col cantu medio xamuscáu. Él foi garrando otros cuantos hasta enllenar una de les caxes de cartón nes que los moros los sacaben de la biblioteca de l'Antigua Casa del Pueblo. Seguramente s'alcordó entós del “donoso escrutinio” del Quixote, pero él nun tenía vagar pa escoyer la salvación d'unos llibros énte otros siguiendo nengún criteriu moral nin estéticu.

Aquellos llibros salvaos de la foguera valieron pa entamar la pequeña biblioteca que don Sacramento asitió nel aula onde ponía escuela y que diba dir medrando pasu ente pasu con nueves aportaciones d'exemplares, unos mercaos a cuenta del presupuestu del Maxisteriu Nacional y otros donaos pol propiu maestru de los que mercaba tolos domingos nel Rastru de la Plaza L'Humedal de Xixón.

De la que se retiró don Sacramento, énte la indiferencia de les autoridaes eductives pa cola biblioteca que fuera tresnando nes Escueles Dorado de Sama, decidió donar una parte a la Biblioteca Municipal y otro a la del Casino de La Montera, onde exerció hasta el so pasamientu, el llabor de bibliotecariu oficial. Sucediólu nel puestu mio padre y ellí, naquelles tardes maravielloses nes que me folgaba acompañalu, tres díes a la selmana, escaciplando ente los anaqueles d'aquella biblioteca que nun avezaben más de docena y media de llectores (la mayoría pa sacar noveluches d'Agatha Cristie, Álvaro de Laiglesia, Ángel Palomino o Darío Fernández Florez), en más d'una ocasión atopé dalgún de los llibros que don Sacramento Collado salvara de la quema. Alcuérdome en concreto de l'autobiografía de Henry Ford, de los poemes en prosa de Baudelaire na traducción d'Enrique Díez Canedo, del “Nel y Flor” de Pin de Pría y de “La fuerza de los fuertes” de Jack London, toos roblaos col sellu del Grupo Local de Trabajadores de la Enseñanza de la UGT (l'agrupación sectorial que n'Asturies republicana llevaba les siegles, seguramente nada casuales de A.T.E.A).

Por circunstancies que nun soi a remembrar mui bien, ún d'aquellos exemplares rescataos de la Casa del Pueblo de Sama, el de Jack London acompáñame de casa en casa y de mudanza en mudanza dende los ya llonxanos díes nos que mio padre dexó el so puestu de bibliotecariu de la Sociedad La Montera. Seguramente lu saqué y después escaecióseme devolvelu. Nes mios desordenaes y desnortiaes llectures de l'adolescencia, el nome del novelista americanu yera pa mi siempre un valor seguru a la hora d'apostar por llibros que me diben desllumar: les sos aventures marineres o de tramperos y buscadores d'oro d'Alaska, abriéranme más d'un camín hacia los territorios d'autores superiores como Stevenson o Conrad y proporcionáranme bien de momentos d'emoción y felicidá.

Agora, después de tantes cases y tantes mudances, perdida tanta xente querida y tantes coses ensin preciu, préstame cariciar el llombu d'esti tomu de Jack London, como'l d'un vieyu perru fiel que me devuelve, callando, tol calor de la so compañía. “La fuerza de los fuertes”, alcuando, de la que lu afueyo y trompico con esti títulu, bien me gustaba poder cambialu por otru más acordies a les circunstancies nes que se salvó el llibru de la quema, precisamente de los que namás s'enfotaben na so violencia bruta y n'alcordanza d'aquel héroe enxencle con lentes de culo de botella, el pistoleru inverosímil de camisa azul que s'enfrentó a la barbarie col únicu arma pal que la vida seguramente lu dotara: la sensibilidá de percibir que nun se puede quebrar el cantu d'un páxaru, la risa d'un nenu o quemar un llibru impunemente. Y cuando lleo el titulu orixinal, la mio alcordanza deformante -que Jack London me perdone- siempre traduz: “La fuerza de los xustos”.

sexta-feira, 19 de julho de 2013

trébole de cuatro fueyes

Los llibros de vieyo guarden sorpreses que nunca van tener los exemplares plastificaos na so efímera vida como novedaes. Nesti “Aprendiz de Homero” de Nélida Piñón qu'atopé na pasada Selmana Negra por malpenes un euro (una recopilación d'artículos publicada n'español pol mexicanu Fondo de Cultura Económica), namás abrilu amuesa les llinies sueltes de una novela real fechada en La Habana, va malpenes un par d'años. Una muyer despídese de la so amiga regalándo-y el volume de la escritora galego-brasileira y el so deséu de que tolos sos sueños se cumplan. Nun abulta difícil figurase que'l llibru debió llegar a México o a España nel equipaxe de Julia, seguramente con otru garrapiellu de volúmenes lixeros, qu'en vista de ónde acabó ésti, aidaría a la amiga de Clara, a cumplir los sos primeros sueños en forma de euros, quiciabes el primer dinero que ganaba en saliendo de Cuba.

Nel interior del llibru, na páxina onde escomiencen les llinies d'una evocación de la memoria de Galicia nel sentir d'una familia d'emigrantes en Brasil, aparecía una fueya mustia, que podía ser de cerezal o quien sabe si de dalguna especie botánica cubana.

La costume d'entemeter ente les páxines d'un llibru una fueya o una flor -qu'inevitablemente acaben por mustiar- a manera de marcador de llectura ye más corriente nos volúmenes de versos, nun sé si porque los aveza, más que los de prosa, una clase de llector o llectora que podemos llamar cursi, ensin mieu d'ofender a naide. Esta fueya seca de cerezal o pariente suyu del trópicu que remaneció nel llibru de Nélida Piñón préstanos pensar que nun cayó ende por cursilería, sinón como un detalle delicáu de l'amistá de Clara por Julia.

Yo alcuérdome bien d'otru casu nel qu'atopé uns a fueya mustia nun volume en prosa. Foi nuna novela de Georges Simenon na biblioteca del casinu La Montera de Sama, onde mi padre redondiaba el so exigu sueldu d'administrativu tres tardes a la selmana y onde ún foi descubrir los caminos ensin fin del maraviellosu llaberintu de la lliteratura. Un veranu dediquéme a lleer toles noveles de la serie Maigret de Simenon y ente les páxines d'una d'elles, que yera casi hermana a les otres: una hestoria d'adulteriu de burgueses de mediu pelu que remataba nun asesinatu, apareció nada menos qu'un trébol de cuatro pétalos. Corrí con él na mano a enseñá-ylu a mio padre. Nun yera una simple fueya, aparecía pegada con lacre a una estampina de cartón con una cruz mui curiosamente decorada. Foi velo y llevase mio padre les manes a la cabeza: “¡Ési ye'l trébol de Diocleciano! ¡Mira ónde foi parar!”.

Baxando un poco la voz, porque nun-y prestaba que'l silenciu de la biblioteca vacia fuere a llevar les sos palabres al otru llau de la puerta de cristalera que la separaba del vestíbulu del casinu, falóme entós d'aquel Diocleciano, llector ávidu de toa clase de noveles policiaques, les de Simenon, Agatha Christie o el manchegu Francisco García Pavón (el de les célebres “Crónicas de Plinio”) y policía retiráu él mesmu. Llegara destináu a la cuenca del Nalón nos primeros años sesenta, coincidiendo coles fuelgues mineres d'esi tiempu y adscritu a la sección local de la Brigada Político Social.

Diocleciano yera de Rodrigatos del Obispo, un llugarín nun sé si de la provincia de Lleon o de Zamora, que nin siquier sal nel Google y polo visto tan aforrador hasta de la última perrina como diz el tópicu que son los de pasáu el puertu y enveredaes les parameres. Mio padre alcordábase de velu nes meses del casinu onde se prodigaben les timbes al tute, la brisca o el chincón, siempre mirando como los otros xugaben por nun arriesgar media perrona. Y que desque llegara a Sama, a él tocara-y coincidir con él viaxando nel tren de Xixón o na llinia de la Renfe a Oviéu y dizque de la que pasaba el revisor, él con muncha discrección metía la mano onde la billetera de l'americana y enseñaba una carterina que lu dispensaba siempre de pagar el pasaxe. En sabiendo que yera policía, mio padre tuvo bien de tiempu a cuidar que se valía d'amosar la so placa profesional -la famosa chapa- al revisor pa qu'ésti entendiera que taba nel vagón desempeñando llabores de vixilancia y non viaxando por vagar, evitando asina tener de pasar pela taquilla de la estación. 

De lo que se cuntaba fuera del casinu a propósitu de les sos actividaes como policía secreta diba falame, con más llibertá mio padre, munchos años después. Nel tiempu que-y tocó tratalu como llector habitual de la Biblioteca de La Montera remembraba que siempre foi bien correctu con él y que nin ende nin fuera lu molestó enxamás por cuenta de l'amistá fonda y d'años que xunía a mio padre con notorios militantes del clandestín Partíu Comunista. Cuando tuvo bastante confianza con él, a fuerza de sella-y tres veces a la selmana la fecha de devolución de les noveles policiaques que sacaba, nun d'esos viaxes en tren nos que coincidió col policía, asientu enfrente asientu, depués de velu una vez más siguir el so ritual d'amosa-y la cartera al revisor, Diocleciano brindó-y un guiñu de complicidá a mio padre dexándo-y ver lo qu'enseñaba: nun yera la placa profesional, sinón una cartulina mariellenta na qu'había un trébol de cuatro fueyes apegáu con llacre enriba una cruz de San Patricio. Eso foi lo que-y dixo el policía a mio padre.

Aquella tarde notábase-y nos güeyos que debía llevar en cuerpu más d'una copa de coñá y taba particularmente espansivu a la hora de charrar. Faló-y a mio padre del significau d'aquel trébole enriba la Cruz de San Patricio, un emblema que pocos conocíen fuera del ámbitu ferroviariu (nel que polo visto yera seña persabida hasta polos empleaos más novatos de que'l pasaxeru tenía drechu a viaxar de baldre) y menos nel ámbitu xeneral de la vida corriente y social. Na memoria emocionada del veteranu policía escamplaba una hestoria de la guerra civil. 

A finales de xulio del 36 enfilara con un grupu de voluntarios de Falange nel Tren Hullero que cubría la llinia ente Lleón capital y Bilbao pa dir a reforzar los efectivos que'l xeneral Mola enviara dende Pamplona pa cercar la capital del gobiernu separatista de José Antonio Aguirre. Al día siguiente de llegar a la llinia de frente del Cintu de Fierro de Bilbao entraron en combate colos milicianos republicanos y nacionalistes. Nuna de les amarraces él grupu nel qu'él lluchaba acabó copáu por un batallón de gudaris. Yeren malpenes cuatro combatientes los que llograron abrise pasu ente los cuerpos de los sos compañeros coles armes aventaes al suelu y les manes n'alto precándo-y a los soldaos enemigos que-yos respetaren la vida. Arrodiaos por decenes de milicianos y gudaris coles armes tovía calientes del combate, nengún d'aquellos cuatro prixoneros tenía enfotu en que salieren vivos del trance. Dellos de los que los arrodiaben prevocábenlos con insultos, otros emburriábenlos cola punta los sos fusiles, un par de milicianos col bicorniu encarnáu y negru de la FAI encañonáronlos coles sos pistoles y nesi entós obróse, dalgo, que Diocleciano, tantos años después, nun podía calificar d'otra manera que como un milagru. Metanes el turdeburdiu de combatientes hostiles alzóse una voz recia que falaba un español d'estraña fonética: “¡Alto, ahí, camaradas! ¡Que nadie toque un pelo a estos hombres!”. Los prixoneros vieron entós remanecer un cura, altu, roxu, cola sotana ceñía por una canana corrompinada de bales y un pistolón saliendo de la cartuchera.


Nunos momentos como ésos y énte una visión semeyante -confesába-y a mi padre el policía-, ún tien la sensación de que perdió el sentíu de la realidá y que ye'l terror el que produz un espeyismu o una alucinación”. Mientres asistíen plasmaos a aquella repentina aparición, el cura allegóse a los cuatro soldaos capturaos y dió-yos la mano ún per ún, presentóse con muncha corrección, diciendo que yera'l Padre William 0'Brien, irlandés voluntariu como capellán de gudaris nel Exércitu d'Euzkadi y enantes que lleal combatiente de les milicies republicanes del pueblu vascu, escrupulosu cumplidor de los mandaos de Cristu en cuestiones de misericordia. Después énte'l comandante del batallón de gudaris fízo-y xurar a ésti por Dios y Les Lleis Vieyes que la vida d'aquellos prixoneros diba respetase. 

Aquel cura salvó a Diocleciano y a los sos compañeros d'una muerte más que segura. Cuando tuvo la seguridá de que los enemigos capturaos taben a salvu entregó-yos un escapulariu cola Cruz de San Patricio que llevaba lacráu un auténticu trébole de cuatro fueyes, encamentándo-yos, cola so bendición, qu'aquel talismán diba vali-yos pa preservalos de cualaquier mal. Énte los cuatro prixoneros que salvaron gracies a la intervención del cura irlandés, amás de Diocleciano taba un tradicionalista navarru que diba acabar siendo director xeneral de la Rede Nacional de Ferrocarriles Españoles (RENFE). Una de les sos primeres xeres como responsable de la empresa estatal de tresporte ferroviariu foi mandar una circular que llegó hasta la última estación y apeaderu de la rede nel qu'encamentaba que la sola amuesa d'aquella enseña: la del trébole de cuatro fueyes enriba la Cruz de San Patricio dispensaba al que la portare de pagar billete per cualquier trayectu en tol territoriu nacional. Los cuatro sobrevivientes del cercu a Bilbao, enantes de separase, na so lliberación tres la toma de la capital vizcaína, fueron xuntos a una imprenta del Ensanche onde se rodara el periódicu nacionalista “Euzkadi” pa que-yos estamparen la enseña en cuatro ediciones limitaes. Después echaron a suertes a ver a quién-y tocaba l'orixinal y tocára-y a Diocleciano.

Ya retiráu de la Policía, nos años efervescentes de la transición, Diocleciano seguía a acudir fiel a la so cita na Biblioteca de La Montera les tres tardes a la selmana na que taba abierta y, un daqué alloriáu pola edá y la desmemoria, volvía a sacar noveles que ya lleera lo menos tres veces. Nuna d'elles, aquella de Simenon que debía ser de les últimes que yo entá nun lleera, debió dexar escaecíu, ya como cosa ensin mayor estima y apreciu, el trébole de cuatro fueyes lacráu enriba la Cruz de San Patricio. Cuantayá valiéra-y pa remembrar la ocasión na qu'un milagru lu llibró d'una muerte segura y deshonrosa. El día nel que dexó escaecíu el talismán nun llibru cualquiera, el que tenía entós nes manes, la muerte, seguramente-y debía pintar lo mesmo si llegaba segura que deshonrosa mientres llegare a tiempu y nun doliere, como de cierta edá pa en delantre empieza a doler la vida.

Agora sabe ún por recordances de los que lo vivieron qu'aquel famientu llector de noveles policiales de la Biblioteca de La Montera, onde mio padre redondiaba el so modestu salariu d'empleáu administrativu tres tardes a la selmana, nun yera un policía especialmente compasivu colos sos deteníos por motivos políticos. Polo visto, despintárase-y bien despintada la llección d'humanitarismu cola qu'aquel cura irlandés, voluntariu del Exércitu Vascu, lu salvara a él y a los sos compañeros d'infortuniu de l'aplicación de les lleis de la guerra coles armes calientes. Tolo que se pudiere dicir al respective diba ser poco y de xuro igual de caliente pa nun escaecer ciertos episodios que merecíen otra xusticia na memoria de toos. Espero, col mesmu enfotu, que naide tome a mal la frivolidá qu'agora me reconcome, la de ser un nenu inocentón al que nin per un momentu se-y pasara pela cabeza apropiase d'aquel fetiche atopáu nuna novela de Simenon y que güei mesmo podía compartir fotografíáu equí como estes llinies nes que dos amigues se despiden en La Habana un día de febreru del inda cercanu 2011, colos meyores deseos y esa fueya mustia de cerezal o pariente cubana que prende de vida un llibru, compráu, como los que de verdá merecen la pena, por un euru qu'un lleva en bolsu de casual.