terça-feira, 12 de novembro de 2013

Deudas saldadas



Lo vimos poner una vela a la Virgen del Carmen en la fuente que lleva su nombre, bajo las rocas del monasterio de Santiaguiño do Monte. Luego, el hombre de manos grandes y desfiguradas, se instaló en una de las mesas de la terraza en la que prolongábamos la tarde entre tazas de café. Se quedó allí un buen rato, fumando, sin consumir nada, la mirada azul perdida en algún punto de las aguas del Sar.

“¿Dé dónde son ustedes? ¿De Gijón? En Gijón peleé yo contra un campeón cubano de Pesos Pesados. Me tumbó en el segundo asalto con un derechazo tremendo, rápido como un torpedo. Ni lo vi venir. Caí al suelo redondo. Allí escuché al árbitro comenzar a contar…uno, dos, tres… Me levanté como pude y seguí peleando, prácticamente a ciegas, la sangre me empaba los ojos. Mantuve las distancias jugando con las piernas hasta que sonó la campana. En el taburete el chorro frío de un botijo me ayudó a despejarme. Sonó de nuevo la campana y salí como una fiera. Tres asaltos después fui yo el que dejó KO al cubano. Y miren que yo peleaba en la categoría de Semipesados. Llegué a ser campeón de Galicia y más tarde campeón de España. Si buscan por Internet pueden ver incluso alguna fotografía de cómo era yo entonces…. Ni sombra de lo que soy. 

De aquella recorrí España entera y buena parte de América peleando. Claro que conozco Gijón y Ribadesella, Mieres, Cangas del Narcea. Cuando me retiré volví a recorrer España, en esta ocasión por motivos de trabajo. ¿Qué a qué me dedicaba? Cobro de morosos. Gestionaba cobros de morosos…Gané mucho dinero y también lo gasté. Nunca tuve que levantarle la mano a nadie, gracias a Dios. Tampoco en este oficio perdí ningún combate. Bueno, miento, en treinta años dedicados al cobro de morosos, tuve un caso en el que tuve que devolverle la factura impagada a mi cliente, sin posibilidad alguna de recuperar el dinero que le debían. Y fue porque se me adelantaron. Hubo alguien que llegó primero que yo a visitar al moroso…”.

El hombre de las manos grandes y desfiguradas saludó con un gesto mecánico a un conocido que pasaba frente a la terraza del café. Intentó encender sin éxito la colilla de su cigarro y lo dejó por imposible, apagado en la comisura de los labios.

“Fue en Palma de Mallorca. Lo recuerdo perfectamente porque fue el día en el que intentaron atentar contra el Rey en su yate. Hubo un despliegue de policía, guardia civil, hasta militares tremendo. Estaba la isla entera copada como en un estado de Sitio. Yo viajaba en un coche alquilado por una carretera local hacia una zona residencial de las afueras de Palma, que era donde vivía el moroso. La policía me paró hasta tres veces en menos de una hora. Cuando llegué al chalet del señor al que iba a visitar (un empresario muy conocido de la isla, que presumía él mismo de ser amigo del Rey y de acompañarle en sus saraos en el yate Fortuna) me encontré con una mujer alta, muy elegante y muy guapa, vestida toda de negro con traje de ejecutiva y unos zapatos de tacón que daba vértigo mirarlos. Salía de la vivienda del moroso y al pasar junto a mí sonrió de una manera muy extraña, mirándome por el rabillo del ojo. Llevaba en la mano un maletín parecido al que yo usaba en mis gestiones de cobro. Se subió a un Ferrari impresionante que hacía juego con el color de su traje y de su pelo y arrancó a toda velocidad, haciendo chirriar los neumáticos sobre el asfalto, como en las películas.

Llamé al timbre del chaletl y me abrió una criada, filipina o china o peruana, qué sé yo, temblorosa y con los ojos llenos de lágrimas. Pregunté por el señor de la casa. Otra voz de mujer respondió desde el interior de la vivienda con otra pregunta: “¿Es usted de la Funeraria?”. Era una señora muy bien parecida, entrada en años aunque muy bien llevados, tenía la mirada fría y la voz de un témpano de hielo. “Vengo a cobrar un impago del señor X.”, dije, mostrándole mi tarjeta de visita. La criada filipina o china o lo que fuera, rompió a llorar a lágrima viva. “Me temo que llega usted tarde, caballero –respondió la que parecía la dueña de la casa-, el señor X., acaba de fallecer. Yo soy su vecina. Hace menos de media hora me vino a buscar esta chica, para decirme que el señor se encontraba muy enfermo. Cuando llegamos ya no había nada que hacer. Debió de sufrir un infarto.”.

Me quedé de piedra, oigan. No me había pasado algo parecido en la vida. El chaparrón me lo llevé, sin embargo, acto seguido, al conocer por boca de la vecina que el moroso vivía solo desde que enviudara de su segunda mujer y que no tenía hijos ni otra familia que un par de perros, como ese de ustedes, dos grifones, que formaban junto a la criada filipina su única compañía en aquella casa. “¿Y la mujer que salió del chalet hace un momento y con la que me crucé mientras aparcaba el coche, quién era, su secretaria, su socia?”, pregunté, agarrándome al último clavo ardiendo antes de dar la deuda por definitivamente impagada. La vecina y la criada del señor X. se miraron con asombro: “¿Qué mujer? Desde que llegamos al chalet hasta que llamó usted al timbre aquí no entró ni salió nadie…”.

El hombre de las manos grandes y desfiguradas, saludó a otro conocido que pasaba con el mismo gesto mecánico. Intentó de nuevo encender la colilla apagada del cigarro.

“Se dice que los gallegos creemos en ciertas cosas en las que no todo el mundo cree…Tonterías…Yo nunca creí en nada que no fuese capaz de comprobar por mí mismo…Y aún así me engañaron más de una vez, la última en ese asunto del que sin duda habrán oído ustedes hablar, el de las preferentes…Me engañó un hombre en el que confiaba como un “parvo”, porque nos criamos juntos los dos en A Matanza, junto a la casa de Rosalía ¿no sé si saben? Él estudió, yo no tuve ocasión. Llegó a director de un banco y me convenció para que pusiese todos mis ahorros en una de esas malditas preferentes, lo perdí todo. Me engañó como a un chino…Pero….Bueno, a ustedes que les importa…Les estaba contando de aquel caso que me pasó en Mallorca. Ya les digo que yo no creo más que en las cosas comprobables y en las que se pueden explicar…Pues yo les juro, por esa Virgen del Carmen que tienen ustedes ahí, la de la fuente, que si no creo en ella, creo en mi madre que en paz descanse y en que la consolaba mucho creer en esa imagen, porque se llamaba Carmen, como ella y como ella fue madre sufridora, bueno, pues yo les juro que aquella mujer tan elegante y tan guapa, vestida toda de negro, con la que me crucé al llegar frente al chalet del señor X. era tan real como ustedes que están aquí tomándose un cafetito con su perro y sus cámaras de fotos…Yo la vi salir de la casa…con sus taconcitos y su maletín y ¡cómo se sonrió y me miró la señorita!...¿Que por qué lo negó la vecina? ¡Vaya usted a saber! Sus razones tendría, pienso yo. Porque de otra manera ¿qué explicación le darían ustedes? ¿Me entienden?”.

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